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Tema: Cuentos cortos...  (Leído 2327 veces)

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Helice

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Cuentos cortos...
« en: 10 de Enero del 2009, 12:20:03 »


Abro este hilo para que subamos cuentos cortos o inclusive los llamados microcuentos, el unico requisito para postearlos es que les haya gustado, enga pues para hacer una buena coleccion.






« última modificación: 15 de Enero del 2009, 02:23:27 por Helice »

"me sonrío,
porque ese tú que anda
por ahí,
es el que está soñando.
Y aquí dentro de mí
te sueña el verdadero."


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Cuentos cortos...
« en: 10 de Enero del 2009, 12:20:03 »

Helice

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #1 en: 10 de Enero del 2009, 12:25:21 »
LAS GANAS
Carlos Alvahuante


El metro no llega. José consulta el gran reloj digital que cuelga del techo del andén: 7:52. Es la tercera vez que lo hace y las tres veces el resultado ha sido el mismo. O se trata del minuto más largo de su vida o el reloj está descompuesto. Las demás personas, unas quince dispersas por el andén, parecen no darse cuenta. De nada. Sólo siguen esperando.

El calor es asfixiante en la estación. José imagina lo que sería salir a refrescarse, sentarse en la banqueta, disfrutar de la noche, de un cigarro y del recuerdo de Norma. Se encamina hacia las escaleras, pero a los pocos pasos se arrepiente: podría ser que mientras él no estuviera llegara el metro. Las otras personas lo observan. José se pone nervioso, le gustaría decirles que no lo vean, que no tiene nada raro, que es una persona como cualquier otra esperando el metro, que de todos modos ya ni extraña tanto a Norma, que... No dice nada. Ocupa nuevamente su lugar, baja la mirada y espera.

Mete las manos en los bolsillos del pantalón. Luego las saca y se truena los dedos. Luego las vuelve a meter y, de reojo, con mucho disimulo, checa el reloj del andén: 7:52. Sonríe. Si el reloj no está descompuesto, entonces él es quien lo está. Sólo para cerciorarse, le pide la hora a una mujer que se encuentra a su lado. Ella le da la hora, 7:52, y la espalda. José permanece inmóvil. Contempla a la mujer y a las demás personas, quienes actúan con naturalidad. O mejor dicho, no actúan; esperan. ¿Será que de verdad no se han dado cuenta? José insiste. Oiga, ¿está segura de que son las siete cincuenta y dos? La mujer ni siquiera se da la vuelta, únicamente levanta el brazo para que José pueda leer por sí mismo la hora. Gracias. Son las 7:52.

El metro no llega. Después de una recitación silenciosa de las Coplas a la muerte de su padre y una acalorada discusión interna sobre la posibilidad de que haya vida más allá de la muerte, José levanta la mirada y la conduce muy despacio hacia el gran reloj digital. Por un instante, apenas una fracción de segundo, los números rojos desaparecen. Lo que sucede enseguida es casi simultáneo, a una velocidad espeluznante: el reloj marca las 7:53, José oye que el metro se aproxima, la mujer se vuelve y lanza un grito, un hombre que está a unos pasos de la mujer deja caer el periódico abierto y empalidece, las llantas se bloquean en un desesperado intento por frenarse y el metro cierra los ojos.

El periódico desciende lentamente, en zigzag. Antes de que toque el suelo, José alcanza a agradecer que el metro al fin haya llegado: con semejante espera, ya se le andaban quitando las ganas.





"me sonrío,
porque ese tú que anda
por ahí,
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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #2 en: 10 de Enero del 2009, 17:22:38 »
El Lobo - Herman Hesse


Nunca en las montañas francesas había habido un invierno tan terriblemente
largo y frío. Desde hacía semanas, el aire era claro y helado. De día, los grandes
glaciares inclinados se extendían infinitos y de un blanco mate bajo
el cielo de un color azul muy vivo; de noche, la luna, clara y pequeña,
pasaba por encima de ellos; una luna gélida, de un brillo amarillento,
cuya luz intensa adquiría tonos azules y broncos en la nieva, y parecía
la personificación misma de la helada. Los hombres evitaban todos los caminos,
y especialmente las cumbres; ateridos y maldicientes, permanecían en las cabañas
de sus aldeas, cuyas ventanas, enrojecidos, brillaban y se extinguían
pronto, por la noche, de un modo turbio y humoso, junto a la luz azulada
de la luna.
Eran tiempos difíciles para los animales de la región. Los más pequeños
perecían helados en gran cantidad; también los pájaros sucumbían a la helada,
y los flacos cadáveres servían de botín a los azores y a los lobos.
Pero también éstos pasaban tremendas penalidades a causa del frío y el hambre.
Sólo unas pocas familias de lobos habitaban el lugar, y la necesidad los empujó a
estrechar los vínculos. Se pasaron días andando solos. Aquí y allá, uno de
ellos avanzaba por la nieve, flaco, hambriento y al acecho, silencioso y esquivo
como un fantasma. Su delgada sombra se deslizaba junto a él por la nevada
superficie. Tendía al viento, husmeando, su hocico puntiagudo, y dejaba oír
de vez en cuando un aullido seco y atormentado. Pero por la noche se juntaban
todos y rodeaban las aldeas con roncos aullidos. En ellas, el ganado y las
aves de corral estaban a buen recaudo, y, tras los sólidos postigos, había
carabinas apoyadas en la pared. Pocas veces obtenían un pequeño botín,
por ejemplo, un perro, y habían sido ya abatidos dos miembros de la manada.

El frío persistía. A menudo, los lobos yacían juntos, silenciosos y ensimismados,
dándose calor unos a otros, y acechaban ansiosos el yermo sin vida, hasta
que uno, atormentado por los crueles martirios del hambre, saltaba de pronto
con tremendos aullidos. Los demás volvían entonces sus hocicos hacia él
y estallaban todos juntos en un alarido terrible, amenazador y plañidero.

Finalmente, la parte más pequeña de la manada se decidió a emigrar.
De madugrada, abandonaron sus guaridas, se reunieron y, llenos de miedo
y excitación, husmearon el aire helado. Luego partieron con un trote
rápido y regular. Los que se quedaban los siguieron con unos ojos muy
abiertos y vidriosos, trotaron tras ellos algunas decenas de pasos,
se detuvieron indecisos y desconcertados, y regresaron lentamente a
las guaridas vacías.

Los emigrantes se separaron al llegar el mediodía. Tres de ellos se
dirigieron al Este, hacia el Jura suizo, y los demás continuaron hacia
el Sur. Los tres primeros eran unos animales hermosos y fuertes, pero
terriblemente enflaquecidos. El vientre estrecho y de color claro era
delgado como una correa; las costillas sobresalían de un modo lamentable;
las fauces estaban secas, y los ojos, abiertos y desesperados.
Los tres penetraron juntos en el Jura, y al segundo día cobraron un carnero;
al tercer día, un perro y un potro; pero se vieron acosados furiosamente por todas
partes por la población campesina. En la comarca, abundante en pueblecitos
y pequeñas ciudades, cundió el pánico ante aquellos intrusos inesperados.
Los trineos del correo fueron armados, y nadie podía ir de un pueblo a otro
sin fusil. En la región desconocida, después de un botín tan bueno, los tres
animales se sentían a la vez cómodos y amedrentados; se volvieron más temerarios
que nunca y penetraron en pleno día en el establo de una hacienda. Bramidos
de vacas, de caballos y jadeos anhelantes llenaron el espacio cálido y
angosto. Pero esta vez hubo gente que intervino. Se puso precio a los lobos
y esto redobló el valor de los campesinos. Dos de ellos sucumbieron; uno
con el cuello atravesado por una bala de un fúsil; el otro, abatido a hachazos.
El tercero escapó y corrió hasta caer medio muerto en la nieve. Era el más
joven y hermoso de los lobos, una bestia orgullosa, de enorme fuerza y formas
esbeltas. Permaneció largo tiempo jadeante en el suelo. Círculos de un rojo sangriento
flotaban en remolino ante sus ojos, y de vez en cuando lanzaba un doloroso
gemido sibilante. Un hachazo le había alcanzado el lomo. Pero se recuperó
y pudo volver a levantarse. Sólo entonces se dió cuenta de lo mucho que
se había alejado. No se veían seres humanos ni edificios por parte alguna.
Muy cerca se alzaba una gran montaña cubierta de nieve. Era el Chasseral.
Decidió rodearla. Como le atormentaba la sed arrancó pequeños bocados de
la dura costra helada de la nevada superficie.

Al otro lado de la montaña se encontró en seguida con una aldea. Caía la
noche Esperó en un espeso bosque de abetos. Después se deslizó con precaución
alrededor de los vallados, siguiendo el olor a establos calientes.

No había nadie en la calle. Con temor y codicia, anduvo parpadeando por entre las casas.
Sonó un disparo. Levantaba la cabeza y tomaba impulso para echar a correr,
cuando estalló un segundo disparo. Le había alcanzado. Su vientre blanquecino
aparecía manchado de sangre en uno de los flancos, y la sangre caía en gruesas
gotas persistentes. No obstante, consiguió escapar a grandes saltos y alcanzar
el bosque del otro lado de la montaña. Allí esperó unos instantes al acecho
y oyó voces levantó los ojos hacia la montaña. Era escarpada, boscosa y de
difícil ascenso. Pero no había otra alternativa. Jadeante, abajo, una
confusión de blasfemias, órdenes y luces de linternas se extendía a lo
largo de la montaña. El lobo herido se enfilaba tembloros a través del bosque
de abetos en la penumbra, mientras la sangre parduzca iba goteando lentamente
de su flanco.

El frío había disminuido. Al Oeste, el cielo aparecía vaporoso y
parecía anunciar una nevada.

Al fin, el agotado animal llegó a la cumbre. Estaba sobre una gran extensión nevada,
ligeramente inclinada, cerca del Mont Crosin, muy por encima de la aldea
de la que había escapado. No tenía hambre, pero sentía un dolor persistente
y apagado que le venía de la herida. Un ladrido ronco y enfermizo salía
de su hocico colgante; el corazón le palpitaba de un modo pesado y doloroso,
y sentía la mano de la muerte oprimiéndole como una carga indeciblemente díficil
de soportar. Le atraía un abeto de ancho ramaje, separado de los demás.
Allí se sentó y dirigió una mirada turbia a la terrible noche nevada.
Pasó media hora. Entonces cayó sobre la nieve una luz de un rojo tenue, suave, extraña.
El lobo se incorporó con un gemido y volvió la hermosa cabeza hacia la luz.
Era la luna que, gigantesca y roja como la sangre, salía por el Sureste
y se alzaba lentamente en el cielo turbio. Hacía muchas semanas que no
había sido tan grande y roja. Los ojos del animal agonizante se clavaban
tristemente en el opaco disco lunar, y nuevamente un débil aullido resonó
con un estertor, sordo y doloroso, en la noche.

Se aproximaron pasos y luces. Campesinos embutidos en gruesos capotes, cazadores
y jóvenes con gorros de piel y pesadas polainas, venían pisando la nieve.
Sonaron gritos de júbilo. Habían descubierto el lobo moribundo; dispararon
contra él dos tiros, que no dieron en el blanco. Luego vieron que se estaba muriendo,
y cayeron sobre él con palos y estacas. Pero él ya no sentía nada.

Con los miembros destrozados, lo bajaron arrastrándole hasta St. Immer.
Reían, se ufanaban, se prometían unos buenos vasos de aguardiente y café,
cantaban, renegaban. Ninguno de ellos veía la belleza del bosque nevado,
ni el brillo de las cumbres, ni la luna roja que flotaba sobre el Chasseral
y cuya luz tenue se reflejaba en los cañones de sus fusiles, en los cristales
de la nieve y en los ojos vidriosos del lobo abatido.


Helice

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #3 en: 12 de Enero del 2009, 20:20:34 »
DIMENSIÓN DESCONOCIDA
Virulo

Por si no lo sabían, en este universo en que habitamos las estrellas se reproducen con gran rapidez, tanta, que si no fuera por los agujeros negros del espacio ya estaríamos llenos de ellas.

Los agujeros negros son algo así como unos tragones por donde las estrellas sobrantes salen de este universo hacia otra dimensión.

Un día, vaya usted a saber por qué, un agujero negro se tapó e inmediatamente una gran cantidad de estrellas se aglomeraron en el sitio y, como las estrellas no soportan estar chocando unas con otras, armaron una gran algarabía.

El ruido que provocaba su discusión terminó por despertar a Dios que dormía apaciblemente cerca de allí.

Primero envió a sus arcángeles con órdenes terminantes de resolver el conflicto, pero, aunque lo intentaran, no lograron destapar el agujero, así que Dios decidió acudir en persona a remediar el asunto.

Probó, al principio, con productos químicos, pero fue inútil, el agujero seguía tapado. Decidió entonces utilizar un gran destapador cósmico y comenzó a bombear...

Finalmente, con un gran chasquido, el agujero quedó libre y empezó a tragarse a gran velocidad a todas las estrellas que se habían acumulado. Era tal su fuerza de succión que Dios mismo fue arrastrado, con sus ángeles y sus arcángeles, hacia otra dimensión.

Desde ese momento, los que quedamos acá, buscamos a Dios sin encontrarlo; sabemos que existe... Pero está en otra parte.
« última modificación: 24 de Enero del 2009, 06:03:07 por Helice »

"me sonrío,
porque ese tú que anda
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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #4 en: 12 de Enero del 2009, 20:49:29 »
El Fantasma Por: Marc E. Boillat de Corgemont Sartorio


Esta es la historia de un joven que no podía dormir casi nunca puesto que un fantasma espectral le aparecía en sueños y le angustiaba revelándole todos los secretos más íntimos que él albergaba, demostrándole así que lo sabía todo acerca de él.

El joven estaba desesperado, hasta el punto que llegó a detestar el momento de acostarse pese al cansancio acumulado. Había visitado doctores y psicólogos, había confesado su problema a amigos, lo había intentado todo, pero sin resultados: el espectro seguía presentándose cada noche y le recordaba todos los rincones más íntimos y dolorosos.

Ya al borde de un colapso nervioso, decidió pedir auxilio de un célebre maestro zen que practicaba en la misma provincia. Fue a ver al maestro que le recibió amistosamente. Tras haberle explicado el dilema, el joven añadió: " Ese fantasma lo sabe todo, absolutamente todo acerca de mí, ¡ incluso conoce mis pensamientos ! No puedo sustraerme a su dominio ". El maestro pensó que la solución no estaba fuera del alcance del chico y le sugirió que hiciera un trato con el fantasma. " Esta noche, antes de acostarte -le dijo- coge un puñado de lentejas al azar y no las sueltes. Luego acuéstate y espera. Cuando el espectro se presente proponle un trato. Dile que si adivina cuántas lentejas tienes en la mano será para siempre tu dueño y que si no lo adivina deberá desaparecer para siempre. Vamos a ver que pasa ".

El chico procedió del modo que le aconsejo el maestro. Poco después de acostarse el fantasma apareció y le dijo: " Sé que intentas librarte de mí. También sé que te has ido a ver aquel bobo del monje zen para que te ayude a echarme, pero tus esfuerzos no te servirán para nada "." Bueno -respondió el joven- ya sabía que me habrías descubierto, así como supongo que indudablemente sabrás cuantas lentejas tengo en el puño ". El fantasma desapareció para no volver nunca jamás. Lo que no sabía el chico no lo podía saber su fantasma.


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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #5 en: 13 de Enero del 2009, 18:26:08 »
NUBES
Eduardo Galeano


Nube dejó caer una gota de lluvia sobre el cuerpo de una mujer. A los nueves meses, ella tuvo mellizos.

Cuando crecieron, quisieron saber quién era su padre.

Mañana por la mañana -dijo ella­, miren hacia el oriente. Allá lo verán, erguido en el cielo como una torre.

A través de la tierra y del cielo, los mellizos caminaron en busca de su padre.

Nube desconfió y exigió:

-Demuestren que son mis hijos.

Uno de los mellizos envío a la tierra un relámpago. El otro, un trueno. Como Nube todavía dudaba, atravesaron una inundación y salieron intactos.

Entonces Nube les hizo un lugar a su lado, entre sus muchos hermanos y sobrinos.

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #6 en: 13 de Enero del 2009, 18:32:56 »
Una Velada en casa del Doctor Fausto - Hermann Hesse


El doctor Johann Faustus se encontraba en el comedor, acompañado de su amigo el doctor Eisenbart (bisabuelo del que será famoso médico). Había terminado la opípara cena; el vino añejo del Rin exhalaba su aroma en las pesadas y doradas copas. Acababan de ausentarse los dos músicos que habían tocado durante la cena: un flautista y un tañedor de laúd.
- Ahora te voy a ofrecer el experimento prometido -dijo el doctor Fausto, y se echó un trago del añejo vino, exhibiendo su cuello un tanto obeso. Ya no era un jovencito, y faltaban dos o tres para su terrible desenlace.
- Ya te dije que mi fámulo construye a veces unos increíbles aparatos con los que cabe ver y oír lo que se encuentra lejos de nosotros o pertenece al pasado, o incluso al futuro. Hoy vamos a experimentar con el futuro. ¿Sabes que el chico ha inventado algo muy divertido y curioso? Después de habernos mostrado tantas veces en espejos mágicos a los héroes y a las beldades del pasado, ahora ha construido un chisme para los oídos, un pabellón o portavoz que nos hace oír los sonidos que se producirán en un futuro lejano en el lugar donde se instala el aparato acústico.
- ¿No te estará embaucando tu duende o genio doméstico, querido amigo?
- No lo creo -contestó Fausto-. Para la magia negra el futuro no es en modo alguno inaccesible. Tú sabes que siempre hemos partido del supuesto de que los acaecimientos de la tierra están sometidos, sin excepción, a la ley de causa y efecto. Por tanto, cambiar el futuro es tan imposible como cambiar el pasado: también el futuro depende del principio de causalidad y, en consecuencia, el futuro existe ya, sólo que nosotros no lo vemos ni lo sentimos aún. Del mismo modo que el matemático y el astrónomo pueden calcular con exactitud el momento de un eclipse de sol, podríamos hacer visible y audible, si hubiéramos inventado un método para ello, cualquier otra porción del futuro. Mefistófeles ha inventado una especie de varita mágica para el oído, ha fabricado una trampa para capturar los sonidos que van a producirse aquí, en este espacio, dentro de algunos cientos de años. Hemos hecho repetidos experimentos. A veces no se oía nada, luego nos sentíamos proyectados a un vacío en la dimensión del futuro, a un punto temporal en el que nada podíamos percibir. Otras veces hemos oído de todo; por ejemplo, en cierta ocasión escuchamos a algunos personas, que vivían en un remoto futuro, hablar sobre un poema que cantará las hazañas del doctor Fausto, es decir, de mí. Pero basta, vamos a hacer la prueba.
A su llamada acudió el genio doméstico, disfrazado del habitual y lúgubre hábito monacal; colocó sobre la mesa una maquinita provista de un pabellón e indicó a los señores, muy encarecidamente, que debían abstenerse durante la prueba de hacer cualquier observación. Luego accionó algún resorte en la máquina, que empezó a trabajar con un suave zumbido.

Durante largo rato sólo se dejó oír este zumbido inquietante, que ambos doctores escuchaban con gran tensión. Súbitamente se produjo un sonido extraño, una especie de aullido atroz, salvaje y diabólico, que lo mismo podía provenir de un dragón que de un demonio furioso. El terrible sonido era un grito impaciente, amenazador, colérico, imperativo, que se repetía en breves y violentas ráfagas, como si un dragón pasara silbando por el espacio. El doctor Eisenbart estaba pálido, y dejó escapar un suspiro de alivio cuando el espantoso grito, varias veces reiterado a distancias cada vez mayores, se perdió en la lejanía.

Siguió un momento de silencio, pero a continuación se escuchó otro sonido: una voz humana, como proveniente de una gran lejanía, en un tono de insistente sermoneo. Los oyentes pudieron comprender fragmentos del discurso y anotarlos en las pizarras que tenían a mano, por ejemplo las frases:
- ...y así, siguiendo el brillante modelo de América, el ideal de la empresa económica camina incesantemente hacia su triunfal cumplimiento y realización... Mientras, por un lado, el confort en la vida del trabajador nunca ha alcanzado una altura apreciable... y podemos afirmar sin exageración que los sueños pueriles de edades pretéritas sobre el logro de un paraíso a través de la actual técnica de producción, más que...

Nuevo silencio. Luego sonó otra voz, voz profunda, grave, que habló así:
- Señores, pido escuchen un poema, una creación del gran Nikolaus Unterschwang, del cual cabe decir que ha revelado como ningún otro la esencia de nuestro tiempo y penetrado más profundamente que nadie en el sentido y no-sentido de nuestra existencia.
 

 Con la mano sostiene la chimenea,
 Flotadores porta en ambas mejillas,
 Y al ritmo de la presión brométrica
 Escalas remonta sin peldaños.
 Dilatadas escalas va subiendo
 Con nubes en las entretelas del gabán.
 Ansias siente de vida,
 Se estremece ante la tuerca de Wankel.

El doctor Fausto llegó a transcribir la mayor parte de este poema. También Eisenbart lo anotó cuidadosamente.
Se percibió una voz indolente, sin duda voz de una señora o una joven, que decía:
- ¡Qué programa más aburrido! ¡Como si para esto se hubiera inventado la radio! Bueno, al menos ahora viene música.
En efecto, sonó la música, una música salvaje, cachonda, muy pegajosa, ora lánguida ora estridente, una música absolutamente desconocida, exótica, indecente, atroz, de instrumentos de viento estentóreos y chillones, mezclados con pimporrazos de gong, acompañados a veces de la voz de un cantor ululante, que profería frases o versos en lengua desconocida.
Y a intervalos regulares se oía el misterioso estribillo:
 

 Siempre con Gögö cuidado,
 Admiración tu cabellos ha provocado.

También irrumpía de cuando en cuando aquel sonido atroz, furioso, amenazante, aquel alarido de dragón, que expresaba tortura y cólera.
Cuando el genio doméstico, sonriente, hizo enmudecer su máquina, los dos sabios se miraron extrañamente, con una penosa sensación de perplejidad y vergüenza, cual si hubieran sido testigos involuntarios de un hecho indecoroso y prohibido. Ambos se intercambiaron los apuntes.
- ¿Qué piensas de todo esto? -preguntó finalmente Fausto.
El doctor Eisendart bebió un buen trago de su copa, miró al suelo y quedó largo rato silencioso y pensativo. Por fin dijo, más para sus adentros que para el amigo:
- Es terrible. No cabe duda de que la humanidad, cuya vida hemos auscultado en esta pequeña muestra, está trastornada. Son nuestros descendientes, los hijos de nuestros hijos, los bisnietos de nuestros bisnietos los que profieren cosas tan peligrosas, tristes y confusas, los que emiten gritos tan horrorosos, los que cantan versos idiotas e ininteligibles. Nuestra descendencia, amigo Fausto, acabará en la locura.
- Yo no lo aseguraría tan tajantemente -opinó Fausto-. Tu pronóstico no tiene nada de inverosímil, pero es más pesimista de lo necesario. Si aquí o en un lugar concreto de la tierra se escuchan tales sonidos salvajes, desesperados, indecentes y sin duda demenciales, eso no quiere decir que toda la humanidad se haya vuelto loca. Pudiera ser que en el sitio en donde nos hallamos esté emplazado, dentro de cien años, un manicomio y que hayamos escuchado fragmentos de sus voces y gritos. También es posible que un grupo de borrachos haya dejado oír lo mejor de su repertorio. Piense en los alaridos de una masa regocijada, por ejemplo durante de la fiesta de carnaval. Esto es algo parecido. Pero lo que me pone en guardia son esos sonidos, esos gritos que no son producidos ni por voces humanas ni por instrumentos músicos. Suenan a algo realmente diabólico, ésa es mi impresión. Sólo los demonios pueden producir tales sonidos.

Se volvió a Mefistófeles:
- ¿Sabes tú algo de esto? ¿Puedes decirnos que clase de sonidos son los que hemos escuchado?
- Efectivamente -dijo el genio doméstico, sonriendo-, hemos escuchado sonidos diabólicos. La tierra, señores, que ya actualmente es en una mitad propiedad del diablo, dentro de cierto tiempo le pertenecerá por entero y constituirá una parte, una provincia del Infierno. Usted se ha expresado con cierta dureza y repulsión sobre el concierto de sonidos y palabras de este infierno terrestre. Pero a mí me parece interesante y hermoso que incluso en el infierno exista la música y la poesía. Este departamento pertenece a Belial. Yo encuentro que cumple de maravilla con su cometido.


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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #7 en: 14 de Enero del 2009, 03:47:24 »
El engaño
Marcial Fernández


La conoció en un bar y en el hotel le arrancó la blusa provocativa, la falda entallada, los zapatos de tacón alto, las medias de seda, los ligueros, las pulseras y los collares, el corsé, el maquillaje, y al quitarle los lentes negros se quedó completamente solo.


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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #8 en: 14 de Enero del 2009, 04:02:09 »
Rodríguez Freddy

" ... "   


Esta es la historia verídica de Damián, un chico que veía lo azul como amarillo y lo amarillo como azul y nunca nadie, ni siquiera él mismo, se percató de este hecho.


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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #9 en: 14 de Enero del 2009, 21:19:48 »
ADICCIÓN
David Jofré


Ella es la que en realidad aguarda impaciente. No se decide; es que es débil de espíritu. Primero, floja, como que si como que no. Luego ya le gana el vicio; no tolera la presión y consume… consume hasta saciarse y sentirse mareada, en un éxtasis divino al cual de seguro volverá a caer en la noche siguiente.

Así son los vicios. Triunfan. Y ella es la que en realidad consume, no yo. La junto con una tarjeta de crédito, formo un cerrillo blanco y radiante; agarro un tubillo, con un extremo en una fosa nasal y otro ahí, aspirando y dale que dale.

Yo no soy el adicto, es ella. Ella no tolera que yo la deje ahí y no la aspire; ella no aguanta a ser consumida porque está enviciada conmigo, con mi sangre por la cual drena y se siente en un trance feliz, aunque sólo sea un breve segundo.
« última modificación: 24 de Enero del 2009, 06:03:35 por Helice »

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #10 en: 14 de Enero del 2009, 21:22:59 »
La vida Sola - Autor desconocido

Soledad, una palabra tan sola…arrinconada, triste pero bella. A veces añorada, otras, encontrada…soledad…En muchos momentos traicionada Uno puede fusionarse con la percepción de los elementos más naturales de la existencia. La sensibilización que implica estar a solas con el camino, con el viento, el mar y su oleaje, la arena, las montañas, las rocas, el fuego, las llamas….tu soledad de espíritu se reúne con la propia soledad del mundo salvaje y ahí entrelazas la mágica crianza del silencio bien atendido y una doble esencia de satisfacción en el alma y el corazón entregado al calor de la contemplación.


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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #11 en: 14 de Enero del 2009, 22:00:08 »
Felino
Carolina Soto Valenzuela


Lo diviso entre la multitud; sin duda sobresale de la masa homogenea que por esa hora circula en el centro.

Hacemos contacto visual mientras esperamos que cambie el semáforo; él está en la vereda de enfrente. Me mira de pie a cabeza, me sonrojo. Su andar felino me hipnotiza, me aturde.Camina sigiloso. Quedamos frente a frente, yo inmovil, el habil como un gato toma mi cartera y se escabulle entre la gente.

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #12 en: 14 de Enero del 2009, 22:07:44 »
UTILIDAD RELATIVA

     El náufrago, abrumado por la soledad, arrojó al océano una botella con su nombre escrito en un papel. Muchos, muchos  años más tarde, las corrientes marinas trajeron la botella de vuelta a la isla... El náufrago recogió el mensaje con alegría, porque después de tanto tiempo se había olvidado de su nombre.

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #13 en: 14 de Enero del 2009, 23:59:04 »
La Carrera
Kasuro In Mundo


Ella me tomó de la mano y me arrastró con su huida. Me hizo girar por calles, pasajes y avenidas. Me hizo chocar con personas sin siquiera mirar atrás. Corrimos sin decir una palabra. Fue hermoso. Romántico. Pero me agotó con su energía. Entonces, en el callejón más oscuro del lugar, se detuvo para besarme y decirme emocionada: “Es la primera vez que robo” Y recordé por qué corríamos.



"me sonrío,
porque ese tú que anda
por ahí,
es el que está soñando.
Y aquí dentro de mí
te sueña el verdadero."


DaMaNeGrA

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #14 en: 15 de Enero del 2009, 13:13:05 »
SÍSTOLE DIÁSTOLE

     Confieso que estoy algo preocupado. Nunca se me ha roto el corazón, ni se me ha puesto el corazón en un puño, ni se me ha subido el corazón a la garganta, ni me ha saltado el corazón en el pecho. Nunca me ha dado un vuelco el corazón. No he tenido jamás corazonadas ni he abierto mi corazón a nadie; no he afirmado nada con el corazón en la mano ni con la mano en el corazón. No he hecho nunca de tripas corazón, no tengo un corazón de oro ni uno de piedra. Nunca he amado de todo corazón... Lo que sí noto es que mi corazón late, reparte la sangre por el cuerpo y hace mucho ruido. ¿Es suficiente?

Helice

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #15 en: 16 de Enero del 2009, 21:02:50 »
El silencio de las sirenas
Franz Kafka


Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.


"me sonrío,
porque ese tú que anda
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nane

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #16 en: 17 de Enero del 2009, 06:52:30 »
LA PARTIDA  (Franz Kafka)

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: "¿A dónde va el patrón?" "No lo sé", le dije, "simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta". "¿Así que usted conoce su meta?", preguntó. "Sí", repliqué, "te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta".

 

nane

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #17 en: 17 de Enero del 2009, 07:02:06 »
                                                EL ASESINO

                                               STEPHEN KING

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quien era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni que había estado haciendo. No podía recordar nada. La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las artes que estaban siendo ensambladas.

Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.

Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fabrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.

"¿Quién Soy?" - le dijo pausadamente, indeciso.

El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le

había escuchado.

"¿Quién soy? ¿Quién soy?" - gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.

Agito el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo. El recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más. Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. "¿Quién soy?" - le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.

Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.

Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de

rodillas, pero antes de caer, pulsó un botón rojo en la pared. Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente. "¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!" - bramaron los altavoces.

Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando. Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella. La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.

Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.

Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar! Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revolver.

Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. "¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quien soy!" Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro...

Les observaron como cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. "Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando," dijo el guarda.

"No lo entiendo," dijo el segundo, rascándose la cabeza. "Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era. Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien."

Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.

FIN

DaMaNeGrA

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #18 en: 17 de Enero del 2009, 23:04:27 »
MÁS ALLÁ


     No tenía muy claro si había llegado al cielo o al infierno: no veía ángeles, demonios ni de hecho nada más que gente corriente realizando acciones cotidianas. Me dirigí a una pareja que estaba sentada en un banco, charlando. “Perdonen” –dije en voz baja- “Tal vez podrían indicarme... No estoy seguro de si mi comportamiento en vida me ha hecho merecedor del paraíso o si en cambio... En fin, ya me entienden, ¿no? ¿Dónde estamos?” Mientras hablaba no pude evitar darme cuenta de que el hombre parecía muy desgraciado, diríase que al borde del llanto, mientras que la mujer estaba sonriente y aparentemente muy feliz. El hombre me contestó con voz grave: “Es fácil de entender, aunque tan cruel... Esta mujer me amaba sinceramente, con todo su corazón, pero yo la ignoraba porque ya estaba casado y quería tiernamente a mi esposa. En vida cometí múltiples actos de maldad, y tras morir mi castigo fue permanecer toda la eternidad junto a esta mujer, separado por siempre de mi adorada esposa. Yo estoy en el infierno, y...”. “Y yo estoy en el cielo” –le interrumpió la mujer, radiante– “Él es mi ángel y yo soy su demonio. Busca a tu acompañante, recién muerto, y sabrás sin duda a dónde has ido a parar”.


nane

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #19 en: 19 de Enero del 2009, 19:57:09 »
                         RUIDOS AHI ABAJO

A veces no me puedo dormir. Me asusta estar solo en mi cuarto pero esta noche pude hacerlo sin ningún problema, hasta ahora. Recién escuché unos ruidos espantosos que venían de abajo. Yo estoy en el primer piso, descansaba en mi cuarto tapado en la cama hasta el cuello cuando esos espantosos ruidos me despertaron. Fui al cuarto de mi madre pero no estaba ahí, mi padre está de viaje así que tampoco puedo contar con él. Después pase por la habitación de mi hermana, entré y no se que este pasando pero ella no estaba. Tal vez esos ruidos las han despertaron y esta abajo. Pero si es así ¿por qué los ruidos no paran? Parece que se esta librando una guerra justo en mi casa. No se si prender las luces o tantear el camino hasta llegar a las escaleras. No se porque pero siento que hay alguien detrás mío, me parece que respira cerca de mi cuello, no me animo a prender la luz del pasillo y sigo hacia las escaleras.
Los ruidos no se detienen, la planta baja es un campo de batalla. Si, definitivamente hay alguien detrás mío, sentí la suela de un zapato rechinar contra el suelo. Es alguien que trata de pasar desapercibido pero ya lo oí. Llegué a las escaleras, hay luces débiles que vienen de la planta baja. Tal vez son linternas, ¿puede que estén robando? No, nadie seria tan estupido de hacer tanto ruido. No se si bajar el primer escalón o quedarme quieto. Ahí alguien detrás mío acercando su mano hacia mi hombro, son garras siniestras ¿me quieren matar? ¿Tirar por las escaleras? Eso no, no lo voy a permitir. Me toca, despacio me toca. Creo que me muero de miedo… creo que… No!!!!
No podía permitirme morir ahí. Como si nada me di vuelta, sujeté al extraño de la mano y lo empujé por las escaleras. Su mano se me hizo familiar y sus gritos al caer también, esa voz, como la de… ¡mi madre! Encendí la luz del pasillo. Mi hermana salió del baño, miró debajo de las escaleras y enloqueció, comenzó a gritar. Se arrodilló gritando y mirándome a los ojos “¿¡que pasó!?” me dice mientras grita. Bajé con ella las escaleras. Mi asustada hermana se acercó al control remoto del televisor y lo apagó. Todos los ruidos espantosos terminaron. Recordé cuanto le gusta mirar videos musicales a todo volumen cuando papá no está y también recordé porque pude dormir tan cómodamente; mamá se había quedado a dormir en mi cuarto, junto a mi cama. Mi hermana encendió la luz y llamó desesperadamente por teléfono en busca de auxilio. Yo vi los ojos de mi madre, yo los vi. Ella no iba a esperar al doctor. Perdón mama…

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #20 en: 19 de Enero del 2009, 20:21:45 »
¡ Que suerte !      Por: Marc E. Boillat de Corgemont Sartorio


Un hombre, morbosamente apasionado por el juego, había pasado una vez más, toda la noche en un casino. Salió del lugar totalmente rendido... estaba a punto de amanecer. Cuando el cielo se tiñó de rojo y el sol empezó a salir, sintió un escozor en sus ojos somnolientos. Vio un gran árbol en el jardín y decidió sentarse a sus pies para descansar un rato antes de volver a casa. En un abrir y cerrar de ojos, el jugador cayó en un sueño profundo. Durmió todo el día y toda la noche.

Había dormido exactamente 24 horas cuando se despertó. Era el alba, y el sol estaba empezando a subir al cielo.

- ¡ Que suerte ! -exclamó contento- casi me duermo.


Helice

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #21 en: 24 de Enero del 2009, 06:00:07 »
Tranvía
Andrea Bocconi


Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. "Amplia sonrisa, caderas anchas... una madre excelente para mis hijos", pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.

Dudó. Ella bajó.

Se sintió divorciado: "¿Y los niños, con quién van a quedarse?"


« última modificación: 24 de Enero del 2009, 06:02:36 por Helice »

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #22 en: 26 de Enero del 2009, 04:05:22 »
Ladrón de dicha - Marc E. Boillat de Corgemont Sartorio


Cuenta una antigua leyenda que un anciano sabio vivía en las afueras de una pequeña ciudad de provincia. El hombre era muy conocido no sólo por su sabiduría, sino también por su buena suerte.

En la misma ciudad vivía también un joven que, aunque fundamentalmente honesto, estaba constantemente en pos de la suerte, la fama y la riqueza. Sin embargo, pese a todos sus esfuerzos, la "diosa vendada" no quería sonreírle. El joven ya no sabía qué más hacer y estaba al borde de la depresión, cuando se le ocurrió ir a ver al sabio para pedirle cuál fuera el secreto de su éxito. En efecto, todo lo que precisaba, el sabio lo tenía. Y todo lo que emprendía le salía redondo. No le faltaba ni hogar ni comida ni ropa. La gente le amaba, respetaba y veneraba. No carecía de riqueza espiritual, pero tampoco de medios materiales.

Aquel día el joven se levantó muy pronto para evitar las colas interminables de personas que iban a pedirle consejo al anciano. Se vistió con sus mejores vestidos, se arregló y llegó a la morada del sabio de buen hora. Llamó al portal. El sabio le abrió y, amablemente, le recibió en su casa. Una vez terminadas las presentaciones formales, el joven fue directamente al grano y dijo:

- La razón de mi visita es sencilla: querría saber tu secreto para vivir tan holgadamente. Verás, he notado que no te falta nada, mientras a mi me falta todo, y esto es a pesar de mis esfuerzos y buena voluntad. También he notado que mucha gente posee bienes materiales, pero son infelices. En cambio a ti no te falta tampoco la felicidad. Dime, ¿cuál es tu secreto?

El sabio le miró interesado y sonrió diciéndole:

- Mi respuesta también es sencilla: el secreto de mi buena suerte es que yo robo...

- ¡ Lo sabía ! -exclamó el joven- habría tenido que deducirlo yo mismo. ¡ Eso era el secreto !.

- ¡ Espera ! Todavía no he acabado -dijo el anciano-, pero el joven ya había salido corriendo y exultando. El santo intentó darle alcance pero no pudo, por lo que regresó imperturbable y calmadamente a su casa.

Tras la visita al sabio, la vida del joven cambió radicalmente: empezó a robar aquí y allá, a revender las cosas sustraídas a los demás y a enriquecerse. Cometía toda clase de hurtos: robaba animales, cosas, dinero e incluso entraba a robar a casas. La fortuna parecía haber empezado a sonreírle, cuando fue capturado por las autoridades. Fue procesado por numerosos delitos y condenado a cinco años de dura cárcel. Durante su estancia en la prisión tuvo tiempo de meditar y llegar a una conclusión. Según sus deducciones, el anciano se había befado de él, y más idiota había sido él mismo por seguir tan necio consejo. Se prometió que una vez salido de ahí, volvería a ver al anciano para darle su merecido.

Los años pasaron y el joven fue puesto en libertad tras pagar su deuda con la sociedad. Nada más estar libre otra vez, ni siquiera pasó por su casa, sino que se fue directamente a la residencia del sabio. Tras llamar impacientemente a la puerta, el sabio abrió.

- Ah, eres tú -le dijo-.

- Sí, soy yo y he venido para decirte lo inútil que res, viejo tonto. ¿Sabías que gracias a tu consejo me he pasado los últimos cinco años de mi vida en la cárcel? Si todos los consejos que das son así, menudos imbéciles que tenemos que ser los que te escuchamos.

El anciano le escuchaba con paciencia, y cuando la rabia del joven remetió, así le contestó:

- Comprendo tu rabia. Pero el artífice de tu desdicha eres tú y solamente tú, sobre todo por tu incapacidad de escuchar. Cuando viniste aquí hace cinco años, te dije la verdad, te dije mi método para asegurarme la dicha, solo que tú no quisiste oír más y entendiste lo que quisiste. Cuando te dije que yo robo, era verdad, solo que no robo a los humanos. Robo aire, luz, agua y energía. Robo "chi". Verás, robo al Tao porque el Tao es vacío y utilizándolo nunca rebosa1, se vacía sin agotarse2, y su función no se agota nunca

nane

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #23 en: 26 de Enero del 2009, 04:09:22 »
     UNA ESTRELLA SIN BRILLO

Hace mucho tiempo, una estrella sin brillo pasaba por la luna llena, mientras que por el firmamento pasaba una estrella fugaz. La estrella sin brillo soñaba ser como ella, pero como no tenía brillo no podía serlo.

La estrella sin brillo le preguntó a la luna llena -¿Cómo puedo ser una estrella fugaz? La luna le dijo: -No lo sé, mi estrellita, debes confiar en ti.

La estrella quedó confundida, con dudas y fue a ver como estaba la estrella fugaz, ella estaba bien. Entonces, ella cerró sus ojos y deseo con toda su alma ser una estrella fugaz que volaba por toda la galaxia.

Al abrir los ojos se dio cuenta que era una bella y linda estrella fugaz.

DaMaNeGrA

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #24 en: 26 de Enero del 2009, 04:23:20 »
La Fábula de los Ciegos (inspirada en Voltaire) -  Hermann Hesse


Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dió el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esa manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.
Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.

Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos.

Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.

Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música.

nane

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #25 en: 26 de Enero del 2009, 04:31:31 »
                                     OBRA MAESTRA

-Podía escuchar su jadeo cada vez más claramente, rápido, arduo, desesperado...
Iba a poco mas de un metro delante de mi, no se cuanto tiempo llevábamos corriendo, que aunque no debía ser mucho, para ambos pareciera eterno.
Ella giró el rostro y escuche un pequeño grito seguido de varios sollozos, igualmente mire hacia atrás y percibí claramente que no había manera de escapar, que el final se acercaba inexorablemente...
Ahora estaba más cerca, podría tocarla con sólo intentarlo, ella volteo nuevamente y, aunque fue un instante, pude ver en su rostro angustia, desesperación y un creciente temor, emitió una serie de gritos, sollozos entrecortados mezclados con jadeos, debido al esfuerzo realizado y acelero aún más su carrera.
Mire hacia un lado, hacia el otro y con un ansia apenas contenida miré hacia atrás y supe que nuestra hora había llegado...
En ese instante, ella tropezó cayendo pesadamente, apenas pude reaccionar para no pisarla, intentó levantarse y seguir huyendo, pero le fallaron las fuerzas, giró hacia mi y escuché un -por favor- apenas distinguible entre sus jadeos y sollozos, la miré y no supe que decirle. Dejo de moverse y supe que no habría más intentos de huir, ese era su límite.
Mirándome a los ojos pregunto -¿por qué?
¿Cómo explicarle que cada músculo que en su rostro dibujaba una línea mas de terror, en el mío era de placer, de un gozo irracional, incontrolable?
Y es que cada vez que hundía la afilada hoja en su pecho y en su rostro creía cada vez mas el terror en mi crecía el irrefrenable deseo de seguir, una y otra vez, y justo cuando en su rostro se reflejaba el terror infinito, exhaló su ultimo suspiro y yo alcanzaba el clímax, para enseguida detenerme súbitamente...
Contemplé extasiado mi obra de arte, grabándome cada detalle de ese rostro perfecto, no lo olvidaría jamás, como no olvido los demás...
Limpié cuidadosamente mi pincel y camine hacia la noche, perdiéndome en la oscuridad, en busca del siguiente lienzo para mi próxima obra de maestra...

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #26 en: 28 de Enero del 2009, 21:27:41 »
Leyenda China - Hermann Hesse


Esto se cuenta acerca de Meng Hsie.
Cuando supo que últimamente los artistas jóvenes se ejercitaban en colocarse cabeza abajo, decían que para ensayar una nueva visión, inmediatamente Meng Hsei practicó también ese ejercicio. Y después de probarlo un rato declaró a sus discípulos:
-- Cuando me coloco cabeza abajo se me presenta el mundo bajo un aspecto nuevo y más hermoso.
Esto se comentó, y los jóvenes artistas se ufanaban no poco de que el anciano maestro hubiese respaldado así sus experimentos.

Se había que apenas hablaba, y que enseñaba a sus discípulos no mediante doctrinas sino con su simple presencia y su ejemplo. Por eso sus manifestaciones llamaban mucho la atención y se difundían por todas partes.

Poco después de que aquellas palabras suyas hubiesen hecho las delicias de los inovadores y sorprendido e incluso indignado a muchos de los antiguos , se supo que había hablado otra vez. Contaban que había dicho:
-- Es bueno que el hombre tenga dos piernas, porque ponerse boca abajo no favorece la salud. Además, cuando se incorpora el que estuvo cabeza abajo el mundo se le representa doblemente más hermoso que antes.

Estas palabras del maestro escandalizaron a los jóvenes antipodistas, que se sintieron traicionados o burlados, y también a los mandarines.
-- Tal día dice Meng Hsie tal cosa, y al día siguiente dice lo contrario -- comentaban los mandarines--. Es imposible que ambas sean verdaderas. ¿Quién hace caso del anciano cuando le flaquea el entendimiento?

Algunos fueron a contarle al maestro lo que decían de él tanto los innovadores como los mandarines. Él se limitó a reír. Y como sus seguidores le demandaron una explicación, dijo:
-- La realidad existe, pequeños míos, y ésa es incontrovertible. Verdades, en cambio, es decir, opiniones expresadas mediante palabras, hay muchas, y todas ellas son tan verdaderas como falsas.

Y por mucho que insistieron, los discípulos no consiguieron sacarle una palabra más.
 

Helice

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #27 en: 29 de Enero del 2009, 06:16:53 »
Hablaba y hablaba...
Max Aub


Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.
« última modificación: 30 de Enero del 2009, 21:22:02 por Helice »

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nane

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #28 en: 30 de Enero del 2009, 19:04:09 »
          LA NOCHE-( mio)

Era una noche oscura, tenebrosa, llena de sombras que se dibujaban entre los espesos matorrales  que inundaban el centrico parque.
Ella caminaba hacia su casa con pasos cortos y silenciosos, cabizbaja, pensando en todo lo que le habia pasado ese dia y deseando llegar cuanto antes, para ducharse y quitarse de encima ese estrés que le habia producido la visita inesperada de esa noche.
Sin darse cuenta habia llegado al parque, por el que pasaba todos los dias de regreso a su casa. Pero esta vez lo veia diferente, habia algo k no estaba bien, algo k le llamaba la atención y no sabia k era.
Siguió andando y se perdio entre las sombras que aquella noche tan especial dibujaba en el suelo arenoso del parque. Sus pasos eran cada vez mas rápidos, no sabia porque, pero notaba que caminaba a mas velocidad, sus pies se calentaban a cada paso y sus piernas temblaban ritmicamente.
Por fin llego al final del parque y vislumbro a lo lejos la luz de su portal, sin apenas darse cuenta ya estaba en casa, miro el reloj y no eran mas que las ocho, ¡no puede ser! era la misma hora a la que habia salido del trabajo, y normalmente tarda treinta minutos en llegar.
Esa noche habia pasado algo que no podia explicar, su trayecto a casa se le habia hecho interminable y en cambio no pasaban las horas.
La noche se la habia engullido como un agujero de gusano y la habia depositado en su casa sin saber como.
Esa era una noche especial, era una noche oscura y tenebrosa, llena de sombras. Era la Noche...

Helice

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #29 en: 30 de Enero del 2009, 20:30:29 »
ah que te has decidido eh? sippp, me ha gustado nane, se nota tu gusto por "esteban rey" xDD,,,espero pronto subas otro ;)



Contracorriente
Mayling

Seis de la mañana de un domingo cualquiera, suena el despertador indicando que es hora de levantarse. Probablemente una persona normal y corriente lo habría apagado y habría seguido durmiendo, pero Elliot no era una persona normal y corriente.

Se puso en pie sin esfuerzo aunque no por mucho tiempo, lo justo para caminar hasta su escritorio donde encendió una lamparita de noche. Podría haber descorrido las cortinas y haber dejado que los primeros rayos del sol alumbraran la estancia pero a él le gustaba más así. Se dejó caer en la silla y con la pluma que acababa de agarrar con su mano derecha se puso a escribir en un folio en blanco.
Nadie sabía con certeza el contenido de aquellas líneas, unos decían que era una especie de diario, otros que eran cartas para algún amor lejano e incluso los más fantasiosos pensaban que era su forma de intentar comunicarse con alguna otra raza. Puede que ni él mismo lo supiera con claridad pero el caso es que no pasaba un solo domingo sin que Elliot llenara un folio de palabras, lo metiera en una botella y diera un paseo hasta el mar.
Allí se adentraba un poco en la orilla y dejaba partir la botella a merced de la corriente sin saber si algún día alguien llegaría a encontrarla.
Le gustaba sentarse en la arena y verla alejarse mientras imaginaba sus posibles destinos, una isla aparentemente desierta donde alguien necesitara algo de compañía desesperadamente, la playa de alguna ciudad de algún otro país donde puede que ni entendieran su lengua o tal vez el vientre de alguna ballena.

Un domingo de otoño mientras daba su habitual paseo por la playa decidiendo la altura a la que dejar partir su mensaje vio algo en el mar que llamó enormemente su atención. Tuvo que agudizar la vista para asegurarse de que lo que estaba viendo era cierto y no producto de su imaginación, pero no cabía duda, era una botella con una carta dentro.
Avanzó dando zancadas por el agua, completamente emocionado y cuando por fin la tuvo en su mano se dio cuenta de que se trataba de una de las que ya había mandado y pensó que quizás el mar había acabado devolviéndola a la misma orilla. Por si acaso decidió abrirla y entonces todo cambió.

Era la carta de otra persona y parecía estar dirigida a él. Aquella vez Elliot no pudo esperar hasta el próximo domingo, fue corriendo hasta su casa dispuesto a escribir una respuesta inmediatamente pero cuando volvió al mar exhausto por la rapidez de los acontecimientos volvió a encontrar algo que lo sorprendió casi tanto como la primera vez. No se trataba de una simple botella, sino dos. Siguiendo el mismo ritual se apresuró a contestarlas presa de la emoción pero cuando volvió a la playa no se encontró con dos, sino con cuatro botellas flotando en el mar.
Cada vez que volvía dispuesto a contestar, sin importar el tiempo que pasara desde la última vez ya fueran horas, días o semanas, se multiplicaba el número de cartas que encontraba hasta que apenas hacía otra cosa más que escribir. Contestar a todas esas personas era agotador, pero si esa costumbre se había convertido en algo tan popular, él era el responsable sin ninguna duda.

[...]

Seis de la mañana de un domingo cualquiera, suena el despertador indicando que es hora de levantarse. Elliot lo mira, se incorpora, piensa. Tras unos segundos decide volver a acostarse. Probablemente tendría que haberse levantado a llenar un folio de palabras como hacía todos los domingos pero la verdad es que eso se había convertido en algo bastante normal... y bastante corriente..
Y Elliot no era una persona normal y corriente.


"El mar es un azar
que tentación echar
una botella al mar"
Para todos los bichos raros,
Esther


« última modificación: 30 de Enero del 2009, 21:21:14 por Helice »

"me sonrío,
porque ese tú que anda
por ahí,
es el que está soñando.
Y aquí dentro de mí
te sueña el verdadero."