Autor Tema: Cuentos cortos...  (Leído 3430 veces)

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Desconectado MayLinG

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #30 en: 31 de Enero del 2009, 07:02:05 am »
Gracias por avisarme de que ponías uno de mis cuentos Helice. Si no he visto este tema antes es porque ya no paso mucho por el foro, falta de tiempo.. y de costumbre supongo. De todas formas me alegra muchísimo que te guste lo que escribo y puedes poner todos los que quieras por aquí, espero que la gente los disfrute.

Besos

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #31 en: 02 de Febrero del 2009, 05:04:31 am »
DESVARÍO MENTAL NÚMERO 10 - Josa y sus cuentos


En las noticias vuelven a hablar del asesinato del médico de Córdoba. Un año
después del extraño crimen la policía sigue sin encontrar prueba alguna.
El galeno salió del hospital a las cuatro de la madrugada, y alguien le esperaba
por el parque donde le mataron. Pero no hay pruebas, ni rastro del arma
utilizada, y, lo que es peor, no encuentran un móvil. Arrastrado a una veintena
de preguntas sin orden, pisándose unas a otras, el comisario contesta abatido
evitando la mirada de la viuda.
Intentando atravesar la pantalla con su mirada cansada contesta casi en
susurros.
- No ha aparecido el culpable. Ni siquiera encontramos el móvil
- ¿qué quiere decir con eso? – pregunta el periodista más incisivo, y al que, sin
duda, menos quiere contestar
- pues que sin móvil es prácticamente imposible encontrar al culpable. Sin
móvil no hay asesino… ni asesinato.
Medio dormido aún, tumbado en el sofá, enciendo un cigarro. Observando la
llama anaranjada mi mente viaja veinte años atrás, a uno de esos recreos en el
instituto donde con Carlos, Toni y Jesús hablábamos sobre el asesinato perfecto.
Tantas novelas de Agatha Cristie tenían que salir por algún lado, y
comiéndonos el bocata que comprábamos en el Bloody, dábamos vueltas a
nuestra imaginación intentando encontrarlo.
Durante más de un mes ese fue nuestro entretenimiento preferido.
Ni Juanito, ni Santillana, ni siquiera el joven Butragueño, que acababa de
debutar con dos golazos en Cádiz, eran capaces de luchar contra esa fiebre que
teníamos por ver quién inventaba el asesinato perfecto. Tampoco “La Dulce
Mirada”, esa chica de ojos morados, podía competir.
Uno propone un asesinato pasional. No recuerdo quién.
Otro propone otro distinto, pero todos llevan al mismo final. No existe el
crimen perfecto. Para asesinar a alguien tiene que existir un móvil. Nadie mata
así porque sí. Todos estamos convencidos…
Hay uno de ellos, el más macabro, que hasta propone perseguir a alguien,
matarlo y después descuartizarlo y destrozarlo con una batidora potente.
- ¿Y qué haces con los restos? – preguntamos sonriendo
- pues lo tiras por el w.c. – dice riendo mientras imita el sonido de la batidora,
alejando las ganas de comer de los demás
- eso no valdría. Nadie mata por matar, a no ser que seas un psicópata. Y si así
fuera volverías a repetir. Tendrías que tener un móvil para matarle, y es ahí
donde te pillarían.
Después de más de una semana de tertulias uno de ellos – qué envidia me daba
su imaginación - propone otro asesinato perfecto. Al menos para él.
Te levantas una noche de madrugada sin que nadie te vea– dice mientras los
demás le escuchan sentados en esos bancos de madera con demasiadas capas de
pintura marrón
- coges el coche, que lo has dejado lejos de casa para que no te oigan los vecinos
salir por la madrugada – lo tenía todo previsto
- entonces viajas a una ciudad alejada unos trescientos o cuatrocientos
kilómetros. Un lugar donde no hayas estado nunca. Esperas al primero que
pase y lo matas. Luego te vas y… ¡a dormir!.
Por la mañana despertarás como otro día más y nadie sabrá que has salido.
Nadie podrá relacionarte con el asesinato
- eso no vale – dicen – no habría móvil. Y para asesinar tiene que haber un
móvil
- o sea – dijeron todos juntos – que no existe el crimen perfecto.
Levantándose del sofá, apagando el cigarro en el sucio cenicero, me sirvo un
café caliente. Removiendo el azúcar cambio de canal. Otro telediario hablando
de lo mismo. No encuentran al asesino del médico.
- No había móvil – dice el comisario de policía, muy serio.
Lo que no sabía nadie – pienso acercándome al armario donde guardo la vieja
pistola - es que el móvil nació una mañana de instituto casi veinte años antes.
La pena es no poder decirle a Antonio que tenía razón. Su crimen era perfecto.
Al menos hasta ahora.

Desconectado nane

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #32 en: 02 de Febrero del 2009, 15:29:39 pm »
                                              CENTINELA
                                            Fredric Brown


Estaba húmedo, lleno de barro; tenía hambre y tenía frío y se hallaba a cincuenta mil años de luz de su casa.
Un sol daba una rara luz y la gravedad, que era el doble de aquella a la que él estaba acostumbrado, hacía difícil cada movimiento.
Pero en decenas de millares de años esta parte de la guerra no había cambiado. Los pilotos del espacio tenían que ser ágiles con sus diminutas astronaves y sus armas refinadas. Cuando las naves habían aterrizado, era, sin embargo, el soldado de a pie, la infantería, la que tenía que hacerse dueña del terreno, palmo a palmo y costase la sangre que costase. Esto es precisamente lo que sucedía en aquel maldito planeta de una estrella de la que no había oído hablar hasta que puso el pie en él. Y, ahora, era terreno sagrado porque los extranjeros también estaban allí. Los extranjeros, la otra única raza inteligente en la Galaxia..., raza cruel de monstruos abominables y repulsivos.
Se había tomado contacto con ellos cerca del centro de la Galaxia, después de la colonización lenta y dificultosa de unos doce mil planetas; fue la guerra a primera vista; habían disparado sin tan sólo intentar negociaciones o hacer una paz.
Ahora se luchaba planeta por planeta, en una guerra amarga. Se sentía húmedo, lleno de polvo, frío y hambriento, el día era crudo con un viento que dolía en los ojos. Pero los extranjeros estaban tratando de infiltrarse y cada puesto avanzado era vital.
Estaba alerta, con el fusil preparado. A cincuenta mil años de luz de su casa, luchando en un mundo extraño y dudando de si viviría para volver a ver el suyo.
Y entonces vio a uno de aquellos extranjeros que se arrastraba hacia él. Encaró el fusil y disparó. El extranjero dio este grito extraño que ellos dan y después quedó tendido en el suelo.
Le hizo temblar el espectáculo de aquel ser tumbado a sus pies. Uno puede acostumbrarse a ello después de un rato, pero él no lo había logrado nunca. ¡Eran unas criaturas tan repulsivas, con solamente dos brazos y dos piernas, y una piel horriblemente clara y sin escamas...!

                                                    FIN

Desconectado K3KA_CCF

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #33 en: 05 de Febrero del 2009, 15:00:36 pm »
Como gotas de lluvia.Como lágrimas

Tenía los ojos verdes empapados por las lágrimas.En ellos se podían ver sus sueños destrozados,rotos...
La puerta estaba abierta asique no dudó entrar sin avisar en la casa de Sandy.Todo estaba como siempre,una familia perfecta,un perfecto hogar.La entrada estaba llena de los adornos de Navidad,alguna velita y fotos que recordaban lo perfectos que eran.Ashley se miró en el espejo.
Vaya pintas-pensó.
Estaba completamente calada por el aguacero que acababa de bañar todo Madrid.Se dirigió al cuarto de su fiel amiga y encontró como siempre su ordenador encendido.Allí estaba ella,con los cascos puestos y moviéndose/bailando como una auténtica fanática de aquella música.Ashley rió,Sandy era tan distinta a ella...tan efusiva,afable y sobre todo tan ridiculamente obsesionada con estar guapa.
-¡Ashley!¿Sabes el susto que me has dado?Sabía que ibas a venir pero no tan rápido y menos aún riéndote de mí jajaja.-exclamó Sandy.
-Ya.Demasiado rápida para algunas cosas,torpe para otras y estúpida como ninguna otra...Espera.Oh Dios ¿estás sin 'pote',rimmel y demás maquillaje?No me lo puedo creer,te hare una foto.-rió Ashley
.-Sí ¿qué pasa?Ya sé que soy una perfecta modelo,amante del maquillaje,perfumes y demás potingues pero como siempre estoy igual de guapa,no le vi nada malo a mi naturalidad...-dijo con sorna-¿Y tú?Llevas el rimmel corrido por toda la cara.¿Qué te ocurrió?
-Está lloviendo ahí fuera.Además todo va mal,bueno lo de siempre.Ya sabes,mis padres,los médicos.Soy como un fantasma en mi vida,la única pieza que no encaja,que sobra.
-No pienses eso tonta.Bueno en cinco minutos tengo clase de piano asique si quieres acompañarme..
-No eh..ya me iba.Llego tarde a...llego tarde.Adiós y hasta mañana pequeña presumida.
-¿Entonces para qué has venido?-gritó Sandy desde su cuarto,pero Ashley ya se había marchado.
Ashley bajó las escaleras tan deprisa como pudo.No sabía por qué huía de allí, o tal vez sí pero no quería hacerse más daño del que ya se había hecho a sí misma.Caminó por los charcos como una niña de tres años.De repente vio pasar un autobús.Ni siquiera le prestó importancia,pero esperaba más de lo normal,tal vez esperase a alguien más.Entonces decidió ser ella esa pasajera y se subió rumbo a un lugar desconocido.Nada más sentarse encendió el móvil "te a pasado alg?spero kno te molestase nda,ala nxe t yamo.tkiero mucho ash un besito :sandii" ,"cariño,soy mama me han llamado tus profesores y los médicos.a la noche hablamos".No había más mensajes asique apagó el móvil y suspiró.Miró a través de la ventanilla,donde las gotas de lluvia resbalaban en el cristal y hacían una estúpida lucha ir más deprisa."Última parada".Se bajó y vio el hospital."¿justamente tenía que parar aquí?-pensó"Su casa estaba bastante cerca asique no perdió tiempo y echó a correr.Respiró.Pensó y volvió a respirar.Sonrió por última vez y le dijo adiós a los médicos,a los profesores,a sus padres y a la mierda todo.Se encerró en su cuarto y empezó a chillar.Arañó las paredes,rompió todos los posters,tiró el portatil al suelo y se retorció en el suelo.Empezó a reir a carcajadas.Se había vuelto loca.Estaba enferma.
" El rompió su corazón,
Ella rompió su playstation
",
¿Quien lloró más?

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #34 en: 07 de Febrero del 2009, 04:09:24 am »
FUEGO Y HIELO


Unos dicen que el mundo sucumbira en el fuego,otros dicen que en el hielo. Por lo que yo he probado del deseo estoy con los que apuestan por el fuego. Pero si por dos veces el mundo pereciera creo que conozco lo bastante el odio para decir que,en cuanto a destruccion, tambien el hielo es grande y suficiente.


Robert Frost

Desconectado Ash

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #35 en: 07 de Febrero del 2009, 05:42:30 am »
Este es un relato que escribi hace tiempo, al loro, esta basado en el trasfondo de un mundo epico-fantastico, pero de todos los relatos que he escrito con esta base(que podria decir que han sido cientos), no se porque, este es el que mas me gusta, relajad la mente, jejejeje.

-Los bosques....


Todos los dias de luna llena desde mi retorno a Cove vagaba por las calles desiertas, esperando que ella volviese a mi, esperando su retorno, aunque lo presentia, verla otra vez hubiese sido una sorpresa sin igual para mi.

Pero tras mucho tiempo convertido en una sombra no la encontre..., las sombras en la calle se tornaban burlescas, maleantes y delincuentes suplantaban su identidad, confundiendome en la oscuridad de la noche, hasta que desiste en su busqueda.

Pase muchas noche recluido en mi humilde hogar, debatiendome con las figuras que dibujaban las velas en las paredes, jugando con la sombra de los objetos, burlandose de mi mostrandome su figura, acariciandome y abrazandome una vez mas. Pero por mucho que lo desease la ficcion superaba a la realidad, no encontre mi calido amor en mi lecho vacio, en las oscuras habitaciones de mi hogar, vacias desde que ella me abandono.

Con el tiempo volvi a refugiarme en los bosques, disfrutando de su tranquilidad, recordando y visitando aquellos lugares que habia visitado mil veces en mi vida y aquellos en particular que comparti con ella por primera vez. Pero en mi retiro volvi a encontrar mi perdicion.

Tras muchas semanas perdido en el bosque, evadiendo a los mensajeros que me buscaban para cumplir con mis deberes como conde de Cove, la encontre, por segunda vez encontre mi perdicion en lo mas recondito del bosque.

En principio se mostro timida pero grandilocuente, era una chica de ciudad, con todo lo que ello conlleva, uan gran cultura y una gran sentido de la vida. Me cautivo desde el primer momento. Compartimos hoguera y nos contamos nuestras aventuras durante toda la noche, pero mi mente me decia que aquello era un simple espejismo, muchas veces habia compartido los mismos sentimientos. Pero todo se desvanecio cuando se acerco a mi, se tapo bajo mi manta y me abrazo....ningun Señor del Abismo ha conseguido estremecer mis sentidos de esa forma, he luchado contra hordas de no-muertos en las puertas del 12 Primus, he asediado ciudades sin conocer la compasion, he dado muerte a cientos de enemigos, pero esa dama consiguio estremecer mi corazon como ninguna otra.

Los minutos junto a ella pasaron a ser horas, y de ahi dias, pero mi mente estaba prevenida, nada es para siempre, tras pasar una semana abrazados junto a mi hoguera descubri que ella estaba desposada, su familia la habia ofrecido en matrimonio a un rico señor, una persona vanal, vacia de sentimientos y totalmente adicta al oro y la fama. Mi corazon salto en mil cachos como una espada en su ultimo estoque. Tras mucho debatir con ella no pude convencerla de que se quedase a mi lado, exprese mis sentimientos y utilice todos mis sentidos, pero ella le debia honor a su familia, y jamas fallaria a su palabra.

Asi pues volvi a despedirme de mi amor en un bosque, por segunda vez, esos bosques que tanto amo y que tanta paz me evocan, aunque se hayan convertido en escenario de mis peores momentos, siguen siendo mi refugio, ellos me necesitan asi como yo a ellos.

Quien sabe si el tiempo curara mis heridas, pero el bosque siemrpe me otorgara esa paz, esa paz que me recordara a mis dos grandes amores, aunque breves intensos, como los rayos del sol golpeandote a traves de las hojas de los arboles.......

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #36 en: 08 de Febrero del 2009, 18:23:37 pm »
EL BANCO - Anonimo


Triste y solitario, casi escuálido. Cada vez que lo veía en esa esquina sentía un tremendo escalofrío. Con él había leído esas cartas tan lejanas y escrito aquellos poemas con alma de adolescente temeroso. También fue testigo de mi primer beso y de aquel vacío cuando esos carmines de azafrán y fresa no quisieron corresponder mis labios. Él lloraba y reía o quizás crujía incluso de dolor con todo lo que le contaba. Aunque no siempre le contaba. A veces, me sentaba a su lado y simplemente callaba. Y en otras ocasiones, yo nunca aparecía. Pero él, siempre incauto, me esperaba. Y nunca hubo reproches, acaso alguna vez indiferencias.

Y un día, de esos que uno no recuerda fecha, cambié de ciudad. Y continué escribiendo versos, quizás un tanto más maduros y algo menos quejumbrosos. Tampoco renuncié a devorar más labios y poco a poco me di al trago. A veces me invadían los silencios. Otras, la euforia. Pero él ya no estaba, triste, solitario y casi escuálido. Y jamás imaginé que iba a echar tanto de menos esa madera, la madera en una sombra de la plaza, la sombra de aquel banco.

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #37 en: 25 de Febrero del 2009, 02:28:00 am »
La mascara de la muerte roja - Edgar Allan Poe

Durante mucho tiempo, la «Muerte Roja» había devastado la región. jamás pestilencia alguna fue tan fatal
y espantosa. Su avatar era la sangre, el color y el horror de la sangre. Se producían agudos dolores, un
súbito desvanecimiento y, después, un abundante sangrar por los poros y la disolución del ser. Las manchas
purpúreas por el cuerpo, y especialmente por el rostro de la víctima, desechaban a ésta de la Humanidad y
la cerraban a todo socorro y a toda compasión. La invasión, el progreso y el resultado de la enfermedad
eran cuestión de media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios perdieron la mitad de su
población, reunió a un millar de amigos fuertes y de corazón alegre, elegidos entre los caballeros y las
damas de su corte, y con ellos constituyó un refugio recóndito en una de sus abadías fortificadas. Era una
construcción vasta y magnífica, una creación del propio príncipe, de gusto excéntrico, pero grandioso.
Rodeábala un fuerte y elevado muro, con sus correspondientes puertas de hierro. Los cortesanos, una vez
dentro, se sirvieron de hornillos y pesadas mazas para soldar los cerrojos. decidieron atrincherarse contra
los súbitos impulsos de la desesperación del exterior e impedir toda salida a los frenesíes del interior.
La abadía fue abastecida copiosamente. Gracias a tales precauciones los cortesanos podían desafiar el
contagio. El mundo exterior, que se las compusiera como pudiese. Por lo demás, sería locura afligirse o
pensar en él. El príncipe había provisto aquella mansión de todos los medios de placer. Había bufones,
improvisadores, danzarines, músicos, lo bello en todas sus formas, y había vino. En el interior existía todo
esto, además de la seguridad. Afuera, la «Muerte Roja».
Ocurrió a fines del quinto o sexto mes de su retiro, mientras la plaga hacía grandes estragos afuera, cuando
el príncipe Próspero proporcionó a su millar de amigos un baile de máscaras de la más insólita
magnificencia.
¡Qué voluptuoso cuadro el de ese baile de máscaras! Permítaseme describir los salones donde tuvo efecto.
Eran siete, en una hilera imperial. En muchos palacios estas hileras de salones constituyen largas
perspectivas en línea recta cuando los batientes de las puertas están abiertos de par en par, de modo que la
mirada llega hasta el final sin obstáculo. Aquí, el caso era muy distinto, como se podía esperar por parte del
duque y de su preferencia señaladísima por lo bizarre. Las salas estaban dispuestas de modo tan irregular
que la mirada solamente podía alcanzar una cada vez. Al cabo de un espacio de veinte o treinta yardas
encontrábase una súbita revuelta, y en cada esquina, un aspecto diferente.
A derecha e izquierda, en medio de cada pared, una alta y estrecha ventana gótica comunicaba con un
corredor cerrado que seguía las sinuosidades del aposento. Cada ventanal estaba hecho de vidrios de
colores que armonizaban con el tono dominante de la decoración del salón para el cual se abría. El que
ocupaba el extremo or iental, por ejemplo, estaba decorado en azul, y los ventanales eran de un azul vivo. El
segundo aposento estaba ornado y guarnecido de púrpura, y las vidrieras eran purpúreas. El tercero,
enteramente verde, y verdes sus ventanas. El cuarto, anaranjado, recibía la luz a través de una ventana
anaranjada. El quinto, blanco, y el sexto, violeta. El séptimo salón estaba rigurosamente forrado por
colgaduras de terciopelo negro, que revestían todo el techo y las paredes y caían sobre un tapiz de la misma
tela y del mismo color. Pero solamente en este aposento el color de las vidrieras no correspondía al del
decorado.
Los ventanales eran escarlata, de un intenso color de sangre. Ahora bien: no veíase lámpara ni candelabro
alguno en estos siete salones, entre los adornos de las paredes o del techo artesonado. Ni lámparas ni velas;
ninguna claridad de esta clase, en aquella larga hilera de habitaciones. Pero en los corredores que la
rodeaban, exactamente enfrente de cada ventana, levantábase un enorme trípode con un brasero
resplandeciente que proyectaba su claridad a través de los cristales coloreados e iluminaba la sala de un
modo deslumbrante. Producíase así una infinidad de aspectos cambiantes y fantásticos.
Pero en el salón de poniente, en la cámara negra, la clari dad del brasero, que se reflejaba sobre las negras
tapicerías a través de los cristales sangrientos, era terriblemente siniestra y prestaba a las fisonomías de los
imprudentes que penetraban en ella un aspecto tan extraño, que muy pocos bailarines tenían valor para
pisar su mágico recinto.
También en este salón erguíase, apoyado contra el muro de poniente, un gigantesco reloj de ébano. Su
péndulo movíase con un tictac sordo, pesado y monótono. Y cuando el minutero completaba el circuito de
la esfera e iba a sonar la hora, salía de los pulmones de bronce de la máquina un sonido claro, estrepitoso,
profundo y extraordinariamente musical, pero de un timbre tan particular y potente que, de hora en hora,
los músicos de la orquesta veíanse obligados a interrumpir un instante sus acordes para escuchar el sonido.
Los valsistas veíanse forzados a cesar en sus evoluciones.
Una perturbación momentánea recorría toda aquella multitud, y mientras sonaban las campanas notábase
que los más vehementes palidecían y los más sensatos pasábanse las manos por la frente, pareciendo
sumirse en meditación o en un sueño febril. Pero una vez desaparecía por completo el eco, una ligera
hilaridad circulaba por toda la reunión. Los músicos mirábanse entre sí y reíanse de sus nervios y de su
locura, y jurábanse en voz baja unos a otros que la próxima vez que sonaran las campanadas no sentirían la
misma impresión. Y luego, cuando después de la fuga de los sesenta minutos que comprenden los tres mil
seiscientos segundos de la hora desaparecida, cuando llegaba una nueva campanada del reloj fatal, se
producía el mismo estremecimiento, el mismo escalofrío y el mismo sueño febril.
Pero, a pesar de todo esto, la orgía continuaba alegre y magnífica. El gusto del duque era muy singular.
Tenía una vista segura por lo que se refiere a colores y efectos. Despreciaba el decora de moda. Sus
proyectos eran temerarios y salvajes, y sus concepciones brillaban con un esplendor bárbaro. Muchas
gentes lo consideraban loco. Sus cortesanos sabían perfectamente que no lo era. Sin embargo, era preciso
oírlo, verlo, tocarlo, para asegurarse de que no lo estaba.
En ocasión de esta gran fete, había dirigido gran parte de la decoración de los muebles, y su gusto personal
había dirigido el estilo de los disfraces. No hay duda de que eran concepciones grotescas. Era
deslumbrador, brillante. Había cosas chocantes y cosas fantásticas, mucho de lo que después se ha visto en
Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y aditamentos inapropiados.
Delirantes fantasías, atavíos como de loco. Había mucho de lo bello, mucho de lo licencioso, mucho de lo
bizarre, algo de lo terrible y no poco de lo que podría haber producido repugnancia. De un lado a otro de las
siete salas pavoneábase una muchedumbre de pesadilla. Y esa multitud -la pesadilla- contorsionábase en
todos sentidos, tiñéndose del color de los salones, haciendo que la música pareciera el eco de sus propios
pasos.
De pronto, repica de nuevo el reloj de ébano que se encuentra en el salón de terciopelo. Por un instante
queda entonces todo parado; todo guarda silencio, excepto la voz del reloj. Las figuras de pesadilla
quédanse yertas, paradas. Pero los ecos de la campana se van desvaneciendo. No han durado sino un
instante, y, apenas han desaparecido, una risa leve mal reprimida se cierne por todos lados. Y una vez más,
la música suena, vive en los ensueños.
De un lado a otro, retuércense más alegremente que nunca, reflejando el color de las ventanas distintamente
teñidas y a través de las cuales fluyen los rayos de los trípodes. Pero en el salón más occidental de los siete
no hay ahora máscara ninguna que se atreva a entrar, porque la noche va trascurriendo. Allí se derrama una
luz más roja a través de los cristales color de sangre, y la oscuridad de las cortinas teñidas de negro es
aterradora. Y a los que pisan la negra alfombra llégales del cercano reloj de ébano un más pesado repique,
más solemnemente acentuado que el que hiere los oídos de las máscaras que se divierten en las salas más
apartadas.
Pero en estas otras salas había una densa muchedumbre. En ellas latía febrilmente el corazón de la vida. La
fiesta llegaba a su pleno arrebato cuando, por último, sonaron los tañidos de medianoche en el reloj. Y,
entonces, la música cesó, como ya he dicho, y apaciguáronse las evoluciones de los danzarines. Y, como
antes, se produjo una angustiosa inmovilidad en todas las cosas. Pero el tañido del reloj había de reunir esta
vez doce campanadas. Por esto ocurrió tal vez, que, con el mayor tiempo, se insinuó en las meditaciones de
los pensativos que se encontraban entre los que se divertían mayor cantidad de pensamientos. Y, quizá por
lo mismo, varias personas entre aquella muchedumbre, antes que se hubiesen ahogado en el silencio los
postreros ecos de la última campanada, habían tenido tiempo para darse cuenta de la presencia de una
figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie, Y al difundirse en un susurro
el rumor de aquella nueva intrusión, se suscitó entre todos los concurrentes un cuchicheo o murmullo
significativo de asombro y desaprobación. Y luego , finalmente, el terror, el pavor y el asco.
En una reunión de fantasmas como la que he descrito puede muy bien suponerse que ninguna aparición
ordinaria hubiera provocado una sensación como aquélla. A decir verdad, la libertad carnavalesca de
aquella noche era casi ilimitada. Pero el personaje en cuestión había superado la extravagancia de un
Herodes y les límites complacientes, no obstante, de la moralidad equívoca e impuesta por el príncipe. En
los corazones de los hombres más temerarios hay cuerdas que no se dejan tocar sin emoción. Hasta en los
más depravados, en quienes la vida y la muerte son siempre motivo de juego, hay cosas con las que no se
puede bromear. Toda la concurrencia pareció entonces sentir profundamente lo inadecuado del traje y de
las maneras del desconocido. El personaje era alto y delgado, y estaba envuelto en un sudario que lo cubría
de la cabeza a los pies.
La máscara que ocultaba su rostro representaba tan admirablemente la rígida fisonomía de un cadáver, que
hasta el más minucioso examen hubiese descubierto con dificultad el artificio. Y, sin embargo, todos
aquellos alegres locos hubieran soportado, y tal vez aprobado aquella desagradable broma. Pero la máscara
había llegado hasta el punto de adoptar el tipo de la «Muerte Roja». Sus vestiduras estaban manchadas de
sangre, y su ancha frente, así como sus demás facciones, se encontraban salpicadas con el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero se fijaron en aquella figura espectral (que con pausado y solemne
movimiento, como para representar mejor su papel, pavoneábase de un lado a otro entre los que bailaban),
se le vio, en el primer momento, conmoverse por un violento estremecimiento de terror y de asco. Pero, un
segundo después, su frente enrojeció de ira.
-¿Quién se atreve -preguntó con voz ronca a los cortesanos que se hallaban junto a él-, quién se atreve a
insultarnos con esta burla blasfema? ¡Apoderaos de él y desenmascararse, para que sepamos a quién hemos
de ahorcar en nuestras almenas al salir el sol!.
Ocurría esto en el salón del Este, o cámara azul, donde hallábase el príncipe Próspero al pronunciar estas
palabras. Resonaron claras y potentes a través de los siete salones, pues el príncipe era un hombre
impetuoso y fuerte, y la música había cesado a un ademán de su mano.
Ocurría esto en la cámara azul, donde hallábase el príncipe rodeado de un grupo de pálidos cortesanos. Al
principio, mientras hablaba, hubo un ligero movimiento de avance de este grupo hacia el intruso, que, en tal
instante, estuvo también al alcance de sus manos, y que ahora, con paso tranquilo y majestuoso, acercábase
cada vez más al príncipe. Pero por cierto terror indefinido, que la insensata arrogancia del enmascarado
había inspirado a toda la concurrencia, nadie hubo que pusiera mano en él para prenderle, de tal modo que,
sin encontrar obstáculo alguno, pasó a una yarda del príncipe, y mientras la inmensa asamblea, como
obedeciendo a un mismo impulso, retrocedía desde el centro de la sala hacia las paredes, él continuó sin
interrupción su camino, con aquel mismo paso solemne y mesurado que le había distinguido desde su
aparición, pasando de la cámara azul a la purpúrea, de la purpúrea a la verde, de la verde a la anaranjada, de
ésta a la blanca, y llegó a la de color violeta antes de que se hubiera hecho un movimiento decisivo para
detenerle.
Sin embargo, fue entonces cuando el príncipe Próspero, exasperado de ira y vergüenza por su momentánea
cobardía, se lanzó precipitadamente a través de las seis cámaras, sin que nadie lo siguiera a causa del
mortal terror que de todos se había apoderado. Blandía un puñal desenvainado, y se había acercado
impetuosamente a unos tres o cuatro pies de aquella figura que se batía en retirada, cuando ésta, habiendo
llegado al final del salón de terciopelo, volvióse bruscamente e hizo frente a su perseguidor. Sonó un agudo
grito y la daga cayó relampagueante sobre la fúnebre alfombra, en la cual, acto seguido, se desplomó,
muerto, el príncipe Próspero.
Entonces, invocando el frenético valor de la desesperación, un tropel de máscaras se precipitó a un tiempo
en la negra estancia, y agarrando al desconocido, que manteníase erguido e inmóvil como una gran estatua
a la sombra del reloj de ébano, exhalaron un grito de terror inexpresable, viendo que bajo el sudario y la
máscara de cadáver que habían aferrado con energía tan violenta no se hallaba forma tangible alguna.
Y, entonces, reconocieron la presencia de la «Muerte Roja», Había llegado como un ladrón en la noche, y,
uno por uno, cayeron los alegres libertinos por las salas de la orgía, inundados de un rocío sangriento. Y
cada uno murió en la desesperada postura de su caída.
Y la vida del reloj de ébano extinguióse con la del último de aquellos licenciosos. Y las llamas de los
trípodes se extinguieron. Y la tiniebla, y la ruina, y la «Muerte Roja» tuvieron sobre todo aquello ilimitado
dominio.
« última modificación: 25 de Febrero del 2009, 02:34:25 am por DaMaNeGrA »

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #38 en: 26 de Febrero del 2009, 14:56:10 pm »
El Sapo


Este era un sapo que quería subir una escalera, y tardó siete años. Y cuando ya iba al último tranco, se cayó de golpazo y dijo:

--¡Caramba! ¡Lo que son las prisas!

Y por eso, cuando una persona se darda mucho tiempo para hacer una cosa y luego le sale mal, dice la gente:

<<Te ha pasado lo del sapo. Después de los siete años las prisas.>>

" El rompió su corazón,
Ella rompió su playstation
",
¿Quien lloró más?

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #39 en: 26 de Febrero del 2009, 21:24:20 pm »
SIN DEJAR NOMBRE - JAVIER SETO


"Mi nombre no importa", dijo. "Bástete saber que yo fui uno de los muchos que acudimos a defender a Troya, la de anchas calles, y que allí pasé algunos años viendo pelear a aquellos grandes caudillos que fueron Héctor, domador de caballos, Sarpedón, de la estirpe de Zeus, Eneas, pastor de huestes, y muchos otros héroes que contenían el belicoso ímpetu de los dánaos. En aquellos años de lucha pude ver que en la guerra, cara a Ares, ocurría, igual que entre todos las trabajos de los mortales: que unos pocos, bien por la fuerza de su brazo, su valor indómito o porque así lo tienen dispuesto los felices dioses, alcanzaban gloria, fama y honor, rico botín, y para ellos parecía lucir el sol, pero que los más mordían el polvo de la llanura derribados por el cruel bronce y, despojados de sus armaduras, eran luego pasto de los ágiles perros y de las carroñeras aves, hasta que por fin alguna tregua se concertaba para recogerlos y quemarlos a todos juntos en grandes piras, a fin de más rápido olvidarlos. ¿Para esto ha venido aquí tan numerosa hueste?, me preguntaba yo mientras veía, desde las almenas, alzarse hacia el vasto cielo el negro humo que se llevaba el último testimonio de tantos animosos guerreros, dejando sólo, a cambio, un insoportable hedor de carne quemada. Asomado a la muralla, frente al oscuro ponto sobre el que se reflejaban los últimos rayos del sol, y mientras la inmortal noche iba envolviendo la tierra, sentía vértigo al pensar en todos aquellos que el fuego devoraba y que ya no eran, y de los que nadie, una vez muertos sus allegados, habría de guardar memoria. A mí, en realidad, nada me importaban -ahora, más allá del bien y del mal, puedo confesarlo-; agitaba mi ánimo el pensamiento de pasar como una sombra más sobre la tierra, de ser como la huella que, al borde del mar, queda impresa apenas el tiempo que tarda en adelantarse una mansa ola a borrarla, y aquellos crepitantes túmulos de fuego no hacían más que murmurarme de forma incansable este melancólico canto al oído. Un día en que en tropel salimos a la llanura, presa de un ansia insensata me apresté a desvelar por fin, al cabo de tantos años, mi destino, y como el león que, hambriento, recorre el bosque en busca del feroz jabalí que, pese a su espantosa bravura, ha de colmar su apetito, así recorrí yo con la vista las nutridas filas de los argivos hasta dar con aquel que yo, embaucado por el pernicioso Ensueño, me había fijado como idóneo heraldo de la fama, el velocípedo Pelida Aquiles, el mejor de los aqueos todos. Así pues, abriéndome paso entre el fragor de las picas, llegué adonde estaba y, deteniéndome ante él, lo increpé en estos términos: "¡Aquiles, hijo de Peleo! Hoy sabremos quién de los dos ha de colmar el hado de su vida y acudir a su cita con la negra parca, pues es mi intención medirme contigo y, si no me es muy contraria la suerte, doblegarte con mi pica y precipitarte al Hades para luego, despojándote de tus armas, llevarlas dentro de las murallas, donde todos me felicitarán por haberles librado de tu plaga funesta. Pues, o mucho me equivoco, o no has de volver a compartir el banquete con los demás caudillos argivos, ni regresar a tu casa, a tu querida tierra patria, Ptía, a bordo de las negras naves, sino que aquí, en la llanura que se extiende frente a la sacra Ilio, tus miembros perderán el vigor, se te desatarán las rodillas y retumbarás dentro de tu armadura al caer, y los perros y los buitres se saciarán con tu carne y con tu grasa. Y mi gloria será inmensa". Así le hablé. Yo pensaba que él habría de contestarme, de rebatir mis bravatas, de prestarme atención. Pero, sin apenas mirarme, pasó de largo hacia otro lugar en que se desarrollaba el funesto combate. Quise perseguirlo, pero cada vez se alejaba más. Le arrojé, incluso, la pica, que se clavó en la tierra, muy lejos de él. Debatía en mi ánimo la mejor resolución, pero ya un aqueo desconocido me retaba a un penoso y largo combate lleno de sudor y trabajo, un duelo aguijado ya no por el ansia de ganar gloria, sino por el miedo a perder la vida, una triste y anónima lucha animada por el horror y enfriada por el tedio que ninguno de los dos sabíamos por qué sosteníamos y que abría ya bajo ambos, como un abismo vertiginoso, las fauces insaciables de las voraces piras."

Desconectado maribel

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #40 en: 15 de Julio del 2009, 17:15:44 pm »
  L A S    L L A V E S    D E    L A    F E L I C I D A D



E n una oculta y misteriosa dimensión del Universo se allaban reunidas las fuerzas creadoras de los mundos dispuestas a realizar su papel en el ser humano en un hermoso planeta azul.
Como quiera que tales dioses tenían un gran sentido del humor, decidieron gastar una enorme broma al ser humano;en realidad la broma más importante de la vida sobre la Tierra.
Para ello decidieron, determinar, nada más y nada menos, cual sería el lugar que a los seres humanos más les costaría encontrar.Una vez hallado éste, depositarian allí las llaves de la felicidad.
-Bien, las esconderemos en lo más profundo de los mares "dijo uno de ellos".
-Ni hablar-opuso otro rapidamente-El ser humano avanzará en sus ingenios científicos y será capaz de llegar allí y encontrarlas.
-Bueno, pues tambiem podríamos esconderlas en lo profundo de los volcanes-dijo otro de los presentes.
-Tampoco-volvió a replicar un tercero-.Resultará inutil, porque así como será capaz de dominar las aguas, también será capaz de dominar el fuego.
-¿Y porque no bajo las rocas más sólidas y profundas de la Tierra? -propuso un presente.
-Inútil, -replicó un compañero-. No pasarán unos pocos miles de años que el hombre dispondrá de capacidades increibles para sondear los subsuelos y extraer todos los metales y piedras preciosas que desee.
-Ya lo tengo -dijo uno que hasta entonces nada habia dicho-. Esconderemos las llaves en las altas nubes del cielo, un lugar al que el hombre no puede llegar.
-Tonterias-replicó rápidamente otro de los presentes-.Todos sabemos que los humanos no tardarán mucho en volar y dominar los aires.Y que duda cabe que, al poco tiempo de surcar los cielos, las hallarían.
Un silencio primordial se hizo en el seno de aquel insólito cónclave de los dioses.
Hasta que, al fin, el que destacaba por ser el más ingenioso de los dioses, dijo con solemnidad y regocijo:
-Esconderemos las llaves de la felicidad en un lugar que el hombre, por más que busque,tardará mucho, mucho tiempo en suponer e imaginar.
-¿Donde?,¿donde? -preguntaron con ansiosa curiosidad los que conocian de su sagacidad y lucidez.
-El lugar del Universo que el hombre más tardará en mirar, y en consecuencia hallar, es:
En el interior de su corazón.
y todos estuvieron de acuerdo.



CUENTO EXTRAIDO DE CUENTOS PARA APRENDER A APRENDER, EDICIONES GAIA         

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #41 en: 22 de Julio del 2009, 11:11:08 am »
E L       M A E S T R O       D E       Z E N




Cierro el libro,"EL SIGNIFICADO DEL ZEN", y veo el gato lamiendo su pelo con su lengua rosa y áspera mientras se contornea delicadamente.Entonces le digo:
     Gato, te prestaría este libro para que lo estudies, pero parece que ya lo has leido.
     Entonces, levanta la mirada y me observa atentamente.
    -No seas ridículo-ronronea-. Yo lo escribí.


                                         Autor DILYS LAING
del libro:"Inspiraciones con tu gato" de oceanoambar

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #42 en: 23 de Julio del 2009, 12:54:49 pm »
L A S       D O S       S E M I L L A S





Dos semillas están juntas en la tierra sembrada.La primera semilla dijo:
-!Quiero crecer! Quiero que mis raices lleguen muy abajo en el suelo y que mis retoños rompan la corteza de la tierra que tengo arriba...
"Quiero desplegar mis tiernos brotes como banderas para anunciar la llegada de la primavera...
"Quiero sentir el calor del sol en mi cara y la bendición del rocío matinal en mis pétalos.
Y entonces creció.
La segunda semilla dijo:
-Tengo miedo.Si dejo que mis raices vayan hacia abajo, no sé que encontraré en la oscuridad.
"Si me abro camino a través del duro suelo puedo dañar mis delicados retoños...¿Y si dejo que mis brotes se abran y una serpiente trata de comerlos? Además si abriera mis pimpollos, tal vez un niño pequeño me arranque del suelo.No; me conviene esperar hasta que sea seguro.
"Y entonces esperó.
Una ave que andaba dando vueltas por el lugar en busca de comida, encontró la semilla que esperaba y enseguida se la tragó.
AUTOR DESCONOCIDO

Los que se niegan a correr riesgos y a crecer son tragados por la vida

EXTRAIDO DEL LIBRO CUENTOS CON ALMA de ediciones GAIA

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #43 en: 11 de Agosto del 2009, 10:44:21 am »
--------------------------------------------------
CUANDO DIOS SE DISPUSO HACER UNA MUJER UN ÁNGEL SE LE ACERCÓ Y LE DIJO:-¿POR QUÉ DEDICAS TANTO TIEMPO A ESTA CRIATURA?
RESPONDIÓ,FIJATE BIEN: DEBE DE TENER UN REGAZO QUE PUEDA ACOMODAR A 2 NIÑOS AL MISMO TIEMPO.
DEBE SER CAPAZ DE DAR BESOS QUE PUEDAN CURAR DESDE UNA RODILLA RASPADA HASTA UN CORAZON ROTO.
Y TENDRA QUE HACERLOTODO,SOLAMENTE CON DOS MANOS.
ESTA CREACIÓN,ES MI FAVORITA. ELLA TENDRA LA CAPACIDAD DE TRABAJAR JORNADAS DIARIAS Y MUY DURAS, Y ADEMAS INTENTARA NO QUEJARSE.

EL ÁNGEL SE ACERCÓ MAS Y TOCÓ A LA MUJER. LA HAS HECHO MUY SUAVE,SEÑOR.
SÍ,ES SUAVE DIJO DIOS,PERO LA HECHO TAMBIEN FUERTE.NO TIENES NI IDEA DE LO QUE PUEDE AGUANTAR O LOGRAR.

¿PUEDE PENSAR?PREGUNTÓ EL ÁNGEL.
-NO SOLAMENTE SERÁ CAPAZ DE PENSAR SINO TAMBIÉN DE RAZONAR,ARGUMENTAR Y NEGOCIAR.
EL ÁNGEL EXTENDIENDO SU MANO TOCÓ LA MEJILLA DE LA MUJER. SEÑOR TIENE UNA FUGA,DIJO.
ESO NO ES NINGUNA FUGA,ES UNA LÁGRIMA,CONTESTÓ EL SEÑOR.
LAS LÁGRIMAS SON SU MANERA DE EXPRESAR SU ALEGRÍA,SU PENA,SU DESENGAÑO,SU AMOR, SU SOLEDAD,SU SUFRIMIENTO,Y SU ORGULLO.

ESTO IMPRESIONÓ MUCHO AL ÁNGEL.
SEÑOR,PENSASTE EN TODO.LA MUJER ES VERDADERAMENTE MARAVILLOSA.

LO ES;LA MUJER TIENE DETALLES Y CAPACIDADES QUE MARAVILLAN A LOS HOMBRES.
AGUANTAN DIFICULTADES,LLEVAN GRANDES CARGAS,PERO AL MISMO TIEMPO REBOSAN FELICIDAD,AMOR Y DICHA.

SONRÍEN CUANDO QUIEREN GRITAR.CANTAN CUANDO QUIEREN LLORAR.
LLORAN CUANDO ESTÁN FELICES Y RÍEN CUANDO ESTÁN NERVIOSAS.

LUCHAN POR LO QUE CREEN.SE ENFRENTAN A LA INJUSTICIA.
NO ACEPTAN UN "NO"POR RESPUESTA CUANDO ELLAS CREEN QUE HAY UNA SOLUCIÓN MEJOR.
SE PRIVAN DE CUALQUIER COSA,PARA QUE SU FAMILIA PUEDA TENER AQUELLO QUE NECESITA.
ACOMPAÑA A SUS AMIGAS AL MÉDICO CUANDO ELLAS TIENEN MIEDO DE IR SOLAS.
AMAN INCONDICIONALMENTE.
LLORAN CUANDO SUS HIJOS TRIUNFAN Y SE ALEGRAN CUANDO SUS AMISTADES CONSIGUEN PREMIOS.
SABEN QUE UN BESO Y UN ABRAZO PUEDE AYUDAR A CURAR UN CORAZÓN ROTO.
SIN EMBARGO, LA MUJER TIENE UN GRAN DEFECTO:A MENUDO SE LES OLVIDA LO MUCHO QUE VALEN.
-----------------------------------------------------
...soN loS iMPonDerABLeS qUE hACeN La vIDA INterESanTe...

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #44 en: 12 de Agosto del 2009, 23:32:48 pm »
DESVARÍO MENTAL NÚMERO 10 - Josa y sus cuentos

Es muy bueno!!!  Me ha enganchado de principio a fin!!


En las noticias vuelven a hablar del asesinato del médico de Córdoba. Un año
después del extraño crimen la policía sigue sin encontrar prueba alguna.
El galeno salió del hospital a las cuatro de la madrugada, y alguien le esperaba
por el parque donde le mataron. Pero no hay pruebas, ni rastro del arma
utilizada, y, lo que es peor, no encuentran un móvil. Arrastrado a una veintena
de preguntas sin orden, pisándose unas a otras, el comisario contesta abatido
evitando la mirada de la viuda.
Intentando atravesar la pantalla con su mirada cansada contesta casi en
susurros.
- No ha aparecido el culpable. Ni siquiera encontramos el móvil
- ¿qué quiere decir con eso? – pregunta el periodista más incisivo, y al que, sin
duda, menos quiere contestar
- pues que sin móvil es prácticamente imposible encontrar al culpable. Sin
móvil no hay asesino… ni asesinato.
Medio dormido aún, tumbado en el sofá, enciendo un cigarro. Observando la
llama anaranjada mi mente viaja veinte años atrás, a uno de esos recreos en el
instituto donde con Carlos, Toni y Jesús hablábamos sobre el asesinato perfecto.
Tantas novelas de Agatha Cristie tenían que salir por algún lado, y
comiéndonos el bocata que comprábamos en el Bloody, dábamos vueltas a
nuestra imaginación intentando encontrarlo.
Durante más de un mes ese fue nuestro entretenimiento preferido.
Ni Juanito, ni Santillana, ni siquiera el joven Butragueño, que acababa de
debutar con dos golazos en Cádiz, eran capaces de luchar contra esa fiebre que
teníamos por ver quién inventaba el asesinato perfecto. Tampoco “La Dulce
Mirada”, esa chica de ojos morados, podía competir.
Uno propone un asesinato pasional. No recuerdo quién.
Otro propone otro distinto, pero todos llevan al mismo final. No existe el
crimen perfecto. Para asesinar a alguien tiene que existir un móvil. Nadie mata
así porque sí. Todos estamos convencidos…
Hay uno de ellos, el más macabro, que hasta propone perseguir a alguien,
matarlo y después descuartizarlo y destrozarlo con una batidora potente.
- ¿Y qué haces con los restos? – preguntamos sonriendo
- pues lo tiras por el w.c. – dice riendo mientras imita el sonido de la batidora,
alejando las ganas de comer de los demás
- eso no valdría. Nadie mata por matar, a no ser que seas un psicópata. Y si así
fuera volverías a repetir. Tendrías que tener un móvil para matarle, y es ahí
donde te pillarían.
Después de más de una semana de tertulias uno de ellos – qué envidia me daba
su imaginación - propone otro asesinato perfecto. Al menos para él.
Te levantas una noche de madrugada sin que nadie te vea– dice mientras los
demás le escuchan sentados en esos bancos de madera con demasiadas capas de
pintura marrón
- coges el coche, que lo has dejado lejos de casa para que no te oigan los vecinos
salir por la madrugada – lo tenía todo previsto
- entonces viajas a una ciudad alejada unos trescientos o cuatrocientos
kilómetros. Un lugar donde no hayas estado nunca. Esperas al primero que
pase y lo matas. Luego te vas y… ¡a dormir!.
Por la mañana despertarás como otro día más y nadie sabrá que has salido.
Nadie podrá relacionarte con el asesinato
- eso no vale – dicen – no habría móvil. Y para asesinar tiene que haber un
móvil
- o sea – dijeron todos juntos – que no existe el crimen perfecto.
Levantándose del sofá, apagando el cigarro en el sucio cenicero, me sirvo un
café caliente. Removiendo el azúcar cambio de canal. Otro telediario hablando
de lo mismo. No encuentran al asesino del médico.
- No había móvil – dice el comisario de policía, muy serio.
Lo que no sabía nadie – pienso acercándome al armario donde guardo la vieja
pistola - es que el móvil nació una mañana de instituto casi veinte años antes.
La pena es no poder decirle a Antonio que tenía razón. Su crimen era perfecto.
Al menos hasta ahora.
...soN loS iMPonDerABLeS qUE hACeN La vIDA INterESanTe...

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Re: Cuentos cortos...
« Respuesta #45 en: 16 de Agosto del 2009, 22:58:03 pm »

                        Ajedrez

Como buen aficionado al ajedrez, optó por ir al club a disfrutar alguna buena partida con sus amigos.

Se sorprendió al no encontrar a nadie y supuso que, por ser la primera hora de la tarde aún no habían llegado los socios. Pero tampoco vio al cantinero, ni al encargado del salón. Sí estaban las mesas con los tableros preparados, los relojes en su ubicación, sólo faltaba quien los golpeara al ritmo de las jugadas.

Se sentó en un rincón a esperar. Y repentinamente, como en una película cuando cambia de secuencia abruptamente, el salón cobró una inusitada actividad, así como también el bullicio pasó a ser el de siempre en agudo contraste con el silencio inmediato anterior. A él le resultó entretenido observar desde su lugar esa actividad tan familiar; adivinar las bromas habituales de los ganadores y los descargos por la derrota hechos por sus ocasionales rivales.

Se detuvo a escudriñar los distintos tableros con sus respectivos trebejos: algunos juegos de madera, otros de plástico, aquél parece de marfil y como en una extraña fantasía las piezas cobraron vida y comenzaron a moverse lentamente, silenciosamente. No se movían sin orden ni concierto sino que seguían escrupulosamente las reglas del juego, respetando el turno en las jugadas. No sin sorpresa descubrió que, muchas de las piezas tenían caras de gente conocida: amigos, vecinos, familiares, etc. Temeroso de que lo vieran, se refugió en el cono de sombra que había en un rincón de la sala y desde allí con cierta ansiedad seguía el desenlace de las partidas. Asimismo, logró ver que en algún tablero la lucha se hacía desigual, pero con esfuerzo contuvo el deseo de entrometerse, porque entendió que eso no sería justo, ya que todos habían comenzado en igualdad de condiciones y por lo tanto no sería correcto que su intervención inclinara la balanza para uno u otro lado. Sin embargo, se sintió obligado moralmente a defender al más débil, pero no sabía si podía lograrlo, ya que no conocía los medios para hacerlo.

Se acercó sigilosamente a una de las mesas y notó que su presencia pasaba inadvertida así que pudo observar de cerca cada una de las batallas desde una posición privilegiada, una especie de atalaya desde donde todo lo observaba y en donde los actores quedaban al alcance de su mano y de su voluntad. Así pudo ver: jugadas ingenuas, sacrificios, generosidad, altruismo, pero también celadas infames y el uso descarnado de la fuerza bruta, sin ninguna concesión.

No lo había notado en primera instancia, pero al acercarse a una de las mesas observó no sin un sobresalto que algunas de las figuras adoptaban actitudes que coincidían en un todo con la idea que tenía de ellas. Así pudo ver que aquella dama, se escondía tras otra pieza para descargar un golpe artero, sobre quien no esperaba tal proceder y advirtió que el destinatario de la maniobra sería una víctima segura, por lo que decidió actuar con presteza. No sabía cómo hacerlo pero su imaginación ideó algo: intentaría manejar el tiempo, ralentizarlo pero sólo para uno de los jugadores, de manera que, quien estaba por soportar la descarga de la traición podía preverla ya que tendría más tiempo para analizar. Y así lo hizo. No obstante sus buenas intenciones, este recurso no surtió efecto, y la jugada parecía que se consumaba. Intentó un recurso desesperado, apeló a un enorme reloj suspendido en el aire, y con sumo cuidado lo atrasó unos minutos, por lo que volvió todo al comienzo de la partida.

La dama lucía en todo su esplendor, su aspecto era afable, sereno, su mirada irradiaba dulzura, su actitud cordial, amigable, solidaria. Infundía confianza, respeto, admiración. Por eso fue que reiniciada la partida la misma derivó por similares cauces, y la posición se repitió exactamente igual que antes, sin variantes; aún con más tiempo para pensar, el otro participante no vio o no quiso ver la celada que se preparaba. Y sucumbió conciente de lo que le aguardaba, porque creyó mucho más digno aceptar su destino final en la esperanza de que un cambio fortuito de último momento aconteciera, que intentar una variante defensiva que por el sólo hecho de practicarla habría significado desconfiar de aquélla hermosa dama de los comienzos.

El salón volvió a mostrar como al principio sus tableros silenciosos, las piezas ubicadas en su posición inicial y los relojes detenidos esperando la mano que los golpee rítmicamente al compás de las jugadas.

Alguien entró al salón y se sorprendió de que aún no hubiera llegado nadie.